Bernardo Monteagudo
ESCRITOS POLÍTICOS
EL VASALLO DE LA LEY AL EDITOR
Si para ser libres bastara el deseo de serlo, ningún pueblo sería esclavo: mas por desgracia esta tendencia natural de todo ser que piensa, encuentra escollos muchas veces inaccesibles a la imbecilidad del hombre, no sólo en las naciones cuya suerte ha sido envejecerse sin perfeccionar su constitución política, sino aun en aquellas que parecen destinadas a presidir el destino de las demás. En las unas la corrupción y el fomento de las pasiones terminan la época de su libertad, en las otras la ignorancia y el temor de los contrastes consiguientes a las grandes revoluciones, retardan el día de su esplendor y exaltación. Desgraciado el pueblo que poseído de esa pasión fanática, mira sus primeros males como un reclamo anticipado de sus últimas desgracias, y felices las provincias del Río de la Plata, que sin embargo del suceso desgraciado de nuestras armas en la jornada del 20 de junio han demostrado la mayor firmeza, y en los más críticos momentos han sabido calcular las ventajas que podemos sacar de aquella misma catástrofe, triste resultado de una combinación de circunstancias, que por un doble interés se anunciará a la faz del mundo para satisfacción de los pueblos que han jurado por ser libres.
De necesidad ha de llegar este caso, mas entretanto ningún sensato podrá mirar con indiferencia la nota indiscreta, que en la Gaceta extraordinaria del jueves pone el editor en los últimos períodos de las reflexiones de Juan Sin Tierra. Allí llama a los agentes de la expedición del Perú sacrílegos profanadores de nuestra santa causa. No son estas las producciones que inspira el espíritu público, y el patriotismo ilustrado. Nuestro mismo gobierno ha jurado respetar la seguridad individual de todo ciudadano, y una de las más augustas prerrogativas que derivan de aquella es no juzgar delincuente a ningún hombre, mientras los ministros de la ley no lo declaren tal: es decir, que el editor se ha arrogado el derecho de prevenir en su juicio a todos los pueblos, inspirándoles sentimientos parciales eversivos de la armonía civil, único sostén de la libertad. Declarar por sacrílegos profanadores de nuestra santa causa a los agentes de la expedición del Perú, con una expresión general que envuelve aun a aquellos cuyas virtudes públicas no se pueden poner en problema, (1) sin presentar a los pueblos un monstruo de contradicción entre lo que anuncia el editor, y lo que ellos mismos han palpado: juzgar en una palabra por enemigos de nuestra santa causa a los que ya la han salvado en otros conflictos, y a los que sólo han omitido los sacrificios que eran superiores a los esfuerzos de su celo: aventurar un juicio prematuro que contradice la imparcialidad que debe animar al que se crea digno de ser libre; es una ligereza examinada en el tribunal de la razón, más bien debe mirarse como el eco de una pasión electrizada, que como el desahogo de un celo exaltado. Convengo, en que algunos simulados patriotas que nunca debieron merecer la confianza pública, han prostituido su carácter y eclipsado la gloria de nuestras armas: yo soy el primer enemigo de éstos, y el día de su castigo lo será de la mayor satisfacción para todos los hombres libres; pero también sabe la América toda y me remito a lo que de oficio han informado anteriormente las provincias ocupadas hoy por las armas agresoras de Lima, que entre los agentes de aquella expedición han habido hombres tan celosos de la felicidad general, que el más virtuoso espartano admiraría su conducta con emulación.
Ciudadanos de la América del Sud, jamás podremos ser libres si no dejamos de mano a las pasiones: para llegar al santuario de la libertad, es preciso pasar por el templo de la virtud. La libertad no se adquiere con sátiras injuriosas ni con discursos vacíos de sentido: jamás violemos los derechos del hombre, si queremos establecer la constitución que los garantiza. La imparcialidad presida siempre a nuestros juicios, la rectitud y el espíritu público a nuestras deliberaciones y de este modo la patria vivirá y vivirá a pesar de los tiranos.
(1) Señor doctor, contra éstos no habla la nota. Pazos Silva .
(Gaceta de Buenos Aires, noviembre 29 de 1811.)
CAUSA DE LAS CAUSAS
Es más fácil conocer el genio y carácter de la especie humana, que calcular el de sus individuos: la diferencia entre estos es tan notable, que algunos filósofos han llegado a dudar la unidad de aquella. Así las más profundas observaciones sobre el espíritu humano burlan siempre la esperanza del pensador, que cree resolver problemas, cuando en realidad no hace sino proponer otros nuevos. Por todas partes veo al hombre empeñado en parecer virtuoso, y en merecer la consideración de sus semejantes: pero también le veo abusar luego de esta estimación, que usurpó su hipocresía. Y observando después su humildad antes de obtenerla, su altivez luego que la esperó, y su ingratitud apenas la obtuvo; desconozco al hombre en el hombre mismo, y veo que un solo individuo es tan diferente de sí propio según las circunstancias como lo es de los demás en razón de su varia organización. Infiero de todo esto, que en tan obscuro dédalo sólo la experiencia podrá fijar los elementos del criterio, y descubrir las pasiones dominantes, los vicios favoritos, y las virtudes geniales de cada hombre. Ninguna época favorece más este descubrimiento, que aquella en que las naciones publican ya el prólogo de sus nuevos anales: entonces se presentan héroes que admiran, imbéciles que provocan, almas generosas, fríos egoístas, celosos patronos de la especie humana, hipócritas defensores de su causa, hombres en fin que hasta llenar la esperanza de sus pasiones, son incorruptibles y virtuosos. Ocupar a unos y otros indistintamente, es de necesidad en los principios: preferir el vicioso al recto de corazón, creyendo encontrar las virtudes de un Cincinnato en quien sólo tiene la ambición y maldades de un Apio, es consiguiente a las dificultades que he notado. Desenvolvamos estos principios, aplicándolos a nuestra revolución.
Instalada en la capital de los pueblos libres la primera Junta de gobierno, empezó nuestra revolución a hacer tan rápidos progresos, que el que se detenía a observar su estado a los 6 meses, padecía la agradable e involuntaria ilusión de dudar, que aquella fuese la obra de sus coetáneos. Reducida la capital al estrecho círculo de sí misma, emprende sin embargo dos expediciones al occidente y al norte sin más objeto que llevar por todas partes el estandarte de la libertad. Sus armas triunfan de la tiranía, los pueblos proclaman su adhesión y el eco del patriotismo resuena por todas partes. ¡Qué energía en el sistema, qué acierto en las deliberaciones, qué concepto entre nuestros mismos enemigos que empezaban a tributarnos el homenaje del temor! Pero ya se acercaba el tiempo en que las pasiones hablasen su lenguaje natural, y se descubriesen los hipócritas cooperadores de esta grande obra. D. Cornelio Saavedra a quien por condescendencia a las circunstancias se le nombró presidente del gobierno, no pudo ver con indiferencia la Gaceta del 6 de diciembre, que desde luego hacía un contraste a sus proyectos de ambición; y emprende para llevarlos adelante, la incorporación de los Diputados de las provincias a la Junta Gubernativa. El no dudaba que entre éstos encontraría facciosos capaces para prostituir su misión, y no se engañó en su cálculo.
Desde luego era de esperar que todo paso que diesen los diputados fuera del objeto de su convocación sería tan peligroso como ilegal: ningún pueblo les delegó más poderes, que los de legislar y fijar la constitución del estado: hasta el acto de la apertura del Congreso no podía tener ejercicio su delegación, ni darles derecho a tomar parte en el sistema provisional. Mas prescindamos de esta controversia, y contraigamos la atención a la realidad de los males que nos causó su incorporación.¡Ah! ¿Quién no ve que el 18 de diciembre fue como el crepúsculo funesto del 6 de abril? Sigamos el orden de los tiempos.
No era fácil subsistiese la concordia entre los nuevos gobernantes y los antiguos; y era muy natural que el que en los últimos había descubierto un contraste a su ambición, aspirase a buscar en los primeros el apoyo de sus miras. Inmediatamente se suscitó una rivalidad entre unos y otros, se formó una facción, el más ambicioso se hizo jefe de partido, y el más dispuesto a la cábala, se encargó de sostenerlo. Desde entonces se meditan medios para desembarazarse de los que por su celo serían siempre unos rígidos censores de la facción: lo consiguen con el secretario de gobierno, y preparan asechanzas a los demás para arrojarlos a su tiempo del gobierno y de sus domicilios por un nuevo y escandaloso ostracismo. Desde entonces el espíritu público se apaga, el sistema desfallece, progresa la discordia, y empiezan a decrecer nuestras glorias: ya no se habla sino de facciones, las magistraturas y los empleos públicos se distribuyen sólo a los ...
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