Joseph Rudyard Kipling
EL LIBRO DE LAS TIERRAS VÍRGENES
*****************************
Prólogo
Numerosas son las consultas a especialistas generosos que exige una obra como la presente, y el autor faltaría, a todas luces, al deber que le impone el modo como aquéllas han sido contestadas, si dejara aquí de hacer constar su gratitud para que tenga la mayor publicidad posible.
Debo dar gracias, en primer término, al sabio y distinguido Bahadur Shah, elefante destinado a la conducción de bagajes, que lleva el número 174 en el libro de registro oficial de la India, el cual, junto con su amable hermana Pudmini, suministró con la mayor galantería la historia de "Toomai el de los elefantes" y buena parte de la información contenida en "Los servidores de Su Majestad". Las aventuras de Mowgli fueron recogidas, en varias épocas y lugares, de multitud de fuentes, sobre las cuales desean los interesados que se guarde el más estricto incógnito. Sin embargo, a tanta distancia, el autor se considera en libertad para dar las gracias, también, a un caballero indio de los de vieja cepa, a un apreciable habitante de las más altas lomas de Jakko, por su persuasiva aunque algo mordaz crítica de los rasgos típicos de su raza: los presbipitecos (Género de mamíferos cuadrúmanos cuya especie típica vive en Sumatra. N. del T.), Sahi, sabio diligentísimo y hábil, miembro de una disuelta manada que vagaba por las tierras de Seeonee, y un artista conocidísimo en la mayor parte de las ferias locales de la India meridional donde atrae a toda la juventud y a cuanto hay de bello y culto en muchas aldeas, bailando, puesto el bozal, con su amo, han contribuido también a este libro con valiosísimos datos acerca de diversas gentes, maneras y costumbres. De éstos se ha usado abundantemente en las narraciones tituladas: "¡Al tigre! ¡Al tigre!", "La caza de Kaa" y "Los hermanos de Mowgli".
Deber de gratitud es igualmente para el autor el confesar que el cuento "'Rikki-tikki-tavi" es, en sus líneas generales, el mismo que le relató uno de los principales erpetólogos de la India septentrional, atrevido e independiente investigador que, resuelto "no a vivir, sino a saber", sacrificó su vida al estudio incesante de la Thanatofidia oriental. Una feliz casualidad permitió al autor, viajando a bordo del Emperatriz de la India, ser útil a uno de sus compañeros de viaje.
Quienes leyeren el cuento "La foca blanca" podrán juzgar por sí mismos si no es éste un espléndido pago a sus pobres servicios.
********************
EL LIBRO DE LAS TIERRAS VÍRGENES
Desata a la noche Mang, el murciélago;
en sus alas acarréala Rann, el milano;
duerme en el corral la vacada
y de corderos duerme el atajo;
tras las reforzadas cercas se esconden
pues hasta el amanecer con libertad vagamos.
Orgullo y fuerza, zarpazo pronto,
prudente silencio: es nuestra hora.
¡Resuena el grito! ¡Para el que observa.
la ley que amamos, caza abundante!
Canción nocturna en la selva.
En las colinas de Seeonee daban las siete en aquella bochornosa tarde. Papá Lobo despertóse de su sueño diurno; se rascó, bostezó, alargó las patas, primero una y luego la otra para sacudirse la pesadez que todavía sentía en ellas. Mamá Loba continuaba echada, apoyado el grande hocico de color gris sobre sus cuatro lobatos, vacilantes y chillones, en tanto que la luna hacía brillar la entrada de la caverna donde todos ellos habitaban.
-¡Augr.! .-masculló el lobo padre-. Ya es hora de ir de caza de nuevo.
Iba a lanzarse por la ladera cuando una sombra, no muy corpulenta y provista de espesa cola, cruzó el umbral y dijo con lastimera voz: -¡Buena suerte, jefe de los lobos, y que la de tus nobles hijos no sea peor! ¡Que les crezcan fuertes dientes y que nunca, en este mundo, se les olvide tener hambre!
El chacal Tabaqui, el lameplatos, era quien así hablaba. Los lobos, en la India, desprecian a Tabaqui porque siempre anda metiendo cizaña de un lado para otro, sembrando chismes, comiendo desperdicios y pedazos de cuero que busca entre los montones de basura que hay en las calles de los pueblos. Le temen, sin embargo, aunque lo desprecian, por que Tabaqui, más que nadie en toda la selva, tiende a perder la cabeza y entonces olvida lo que es tener miedo, corre por la espesura y muerde a cuanto se le pone enfrente. Cuando Tabaqui pierde la cabeza, hasta el tigre se esconde, porque lo más deshonroso que puede ocurrirle a un animal salvaje, es la locura. Los hombres le damos el nombre de hidrofobia, pero ellos la llaman dewanee (la locura) y huyen al mencionarla.
-Bueno; entra y busca -dijo papá Lobo-. Sin embargo, te advierto que aquí no hay comida.
-No para un lobo -respondió Tabaqui-, pero para un infeliz como yo, un hueso constituye un exquisito banquete. ¿Quiénes somos los Gidurg-log (el pueblo chacal) para andar escogiendo?
Y a toda prisa se dirigió al fondo de la caverna; allí encontró un hueso de gamo con algo de carne aún adherida a él y se puso a comerlo alegremente.
-Muchas, muchas gracias por tan excelente comida -dijo luego relamiéndose-. ¡Ah! ¡Qué hermosos son tus nobles hijos! ¡Qué ojos tan grandes tienen! ¡Y a pesar de ser tan jóvenes!. . . Pero esto no debiera causarme asombro, es verdad, pues basta recordar que los hijos de los reyes son ya hombres desde su nacimiento.
Es inútil decir que, como otro cualquiera, Tabaqui sabía que no hay nada tan fuera de lugar como elogiar a los niños estando ellos presentes, y que le divertía por extremo ver en situación embarazosa a mamá Loba y a papá Lobo.
Tabaqui permaneció inmóvil, gozando con el daño causado, y añadió luego, despechado:
-Shere Khan el Grande ha cambiado de cazadero. Según me han dicho, cazará en estas colinas durante la próxima luna.
Shere Khan era el tigre que vivía cerca del río Waingunga, a cinco leguas de distancia.
-Ningún derecho le asiste para ello -protestó enojado papá Lobo-. De acuerdo con la ley de la selva, debe advertirlo debidamente antes de cambiar de lugar. Asustará a toda la caza en dos leguas y media a la redonda; y, en este caso, yo... yo he de trabajar el doble.
-Por algo su madre le puso por nombre Lungri (el Cojo) -musitó mamá Loba-. Es cojo de nacimiento, y por eso nunca pudo matar más que ganado. Ahora lo persiguen los campesinos de Waingunga, y se viene aquí a molestar a los nuestros. Ellos revolverán toda la selva buscándolo cuando ya esté lejos, y nosotros y nuestros hijos tendremos que huir cuando peguen fuego a la maleza. ¡Te digo que le estaremos muy agradecidos a Shere Khan!
-¿Quieren que se lo diga? -preguntó Tabaqui.
-¡Fuera! -replicó papá Lobo, enfadado-. ¡Fuera de aquí y vete a cazar con tu amo! ¡Ya hiciste bastante daño esta noche!
-Me voy -dijo suavemente Tabaqui-. Desde aquí puede oírse a Shere Khan allá abajo, en la espesura. Pude haberme ahorrado traerles esta noticia.
Escuchó atentamente papá Lobo, y allá, en el valle que descendía hasta el río, oyó el seco, colérico, pérfido lamento del tigre cuando no ha podido cobrar ni una sola pieza, y poco le importa entonces que toda la selva lo sepa.
-¡lmbécil! -exclamó papá Lobo. ¡Vaya una manera de empezar el trabajo metiendo semejante ruido! ¿Creerá acaso que nuestros gamos son como sus cebados bueyes de Waingunga?
-¡Chitón! No son bueyes ni gamos lo que caza esta noche -respondió mamá Loba-. Lo que hoy busca es al hombre.
El plañidero grito se había convertido ya en algo como un zumbante ronquido que parecía llegar de todo el ámbito de la comarca. Era aquel rumor especial que turba a los leñadores y a toda la gente errante que duerme al raso, y que a veces los hace correr tan desatinados que se arrojan en las mismas fauces del tigre.
-¡Al hombre!... -dijo papá Lobo mostrando la doble hilera de blanquísimos dientes.
¡Jaug! ¿No hay acaso suficientes escarabajos y ranas en los pozos, para que ahora se le ocurra comer carne humana. ¡Y de añadidura en terreno nuestro!.
La ley de la selva -que nunca ordena algo sin tener motivo para ello- prohíbe a toda fiera que coma hombre, excepto en el caso de que ésta mate para enseñar a sus pequeñuelos a matar; pero, aun en este caso, es necesario que cace fuera del cazadero de su manada o tribu. La verdadera causa de esta disposición, es que toda humana matanza trae consigo, tarde o temprano, los hombres blancos montados en elefantes y armados de fusiles, acompañados de algunos centenares de hombres de color con batintines, cohetes y antorchas. Y entonces a todo el mundo en la selva le toca sufrir. Por lo que toca a la razón que entre sí se dan las fieras, es que alegan que el hombre es el más débil e indefenso de todos los seres vivientes, y que no es digno de un cazador poner la mano sobre ...
|
|
|
|
|
|
|
|
|