PRÍNCIPE Y MENDIGO
MARK TWAIN
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Voy a contaros un cuento, tal como me fue relatado por cierta persona que lo sabía por su padre, el cual, a su vez, se lo había oído igualmente explicar a su progenitor... y así sucesivamente, de generación en generación, durante más de trescientos años, los padres lo transmitían a los hijos, y éstos lo conservaban en la memoria. Tal vez se trata de una historia, quizá únicamente de una leyenda o de una tradición, pero pudo haber ocurrido. Es posible que los sabios y los perspicaces lo creyeran cierto, pero también puede ser que únicamente los ignorantes y los ingenuos lo encontraran agradable y lo creyeran real.
1. Nacimiento del príncipe y del Mendigo
En la antigua ciudad de Londres, cierto día de otoño del segundo cuarto del siglo m, nació un niño en el hogar de una familia pobre, apellidada Canty, que no lo deseaba. El mismo día nació otro niño inglés en una familia acaudalada conocida por el nombre de Tudor, que sí lo deseaba. Y no lo esperaba con menos anhelo todo Inglaterra. Gran Bretaña lo había ansiado y lo había pedido a Dios durante tanto tiempo, que el pueblo, al ver su ilusión realizada, se volvió medio loco de alegría. Durante varios días y varias noches, personas que apenas se conocían, se abrazaban y se besaban llorando, todo el mundo se tomó un día de jubilosa holganza, aristócratas y vasallos, ricos y pobres lo celebraron con festines, con danzas, canciones y borracheras. De día, Londres ofrecía un espectáculo digno de verse: alegres ondeaban las banderas en balcones y azoteas, y espléndidos desfiles recorrían las calles. Por la noche, había otro espectáculo no menos digno de admiración: grandes hogueras en todas las esquinas, rodeadas de gentío que armaba gran algazara. No se hablaba en toda Inglaterra más que del recién nacido Eduardo Tudor, príncipe de Gales, que se hallaba tendido entre sedas y rasos, ignorante de todo aquel bullicio y de las atenciones y cuidados que le prodigaban grandes lores y distinguidas damas, ajenos por esta razón a la diversión general. Pero no se hablaba en absoluto del otro pequeño, Tom Canty, envuelto en miserables andrajos, excepto entre sus familiares mendigos, a quienes venía a perturbar con su presencia..
2. La infancia de Tom
Pasemos por alto unos cuantos años.
Londres contaba ya mil quinientos de existencia y era una gran ciudad, al menos para aquella época. Tenía cien mil habitantes, y según algunos, el doble de esta cifra. Las calles eran muy angostas, sinuosas y sucias, particularmente en el barrio donde vivía Tom Canty, no lejos del Puente de Londres. Las casas eran de madera, con el segundo piso más saliente que el primero, y el tercero asomando los codos por encima del segundo. Cuanto más altas, más anchas eran las casas. Eran esqueletos de gruesas vigas entrecruzadas, con sólido material intermedio, revestido de yeso. Dichas vigas estaban pintadas de rojo, de azul o de negro, según el gusto del dueño, y esto daba a aquellas casas un aspecto muy pintoresco. Las ventanas, pequeñas y con vidrieras formadas por cristalitos en forma de rombo, se abrían hacia el exterior, sobre goznes, como las puertas.
La casa en que vivía el padre de Tom estaba situada en un inmundo callejón sin salida, llamado Offal Court, cercano a Pudding Lane. Era pequeña, vetusta y destartalada, pero albergaba numerosas familias indigentes que vivían en ella lamentablemente hacinadas. La tribu de Canty ocupaba una habitación en el tercer piso. La madre y el padre tenían una especie de camastro en un rincón, pero Tom, la abuela de éste y sus dos hermanas, Bet y Nan, no sufrían tal restricción, pues disponían de todo el cuarto y podían dormir donde mejor les parecía. Había allí los restos de una o dos, mantas y algunos haces de paja vieja y sucia, pero a aquello no podía llamársele propiamente camas, porque no estaban dispuestas debidamente; eran montones de paja, acumulada por la mañana a puntapiés y repartida por la noche en pilas para que sirviera de lecho.
Bet y Nan eran gemelas y tenían quince años. Dos muchachitas de buen corazón, desaseadas, harapientas y muy ignorantes. Su madre se parecía a ellas, pero el padre y la abuela eran un par de demonios que se embriagaban siempre que tenían ocasión de hacerlo, y entonces se pegaban o dirigían sus golpes al primero que se interponía entre ellos; borrachos o serenos blasfemaban y echaban maldiciones sin parar. Juan Canty era ladrón y su madre pordiosera. Convirtieron en mendigos a sus hijos, pero no lograron que fueran ladrones. Entre la horrible chusma que vegetaba en aquella morada se hallaba un bondadoso sacerdote anciano, a quien el rey había dejado sin casa ni hogar, con sólo una pensión de unos cuantos peniques; éste solía preocuparse de los niños y les enseñaba en secreto a encaminarse por la senda del bien. El padre Andrés enseñó también a Tom algo de latín y a leer y escribir; y lo mismo hubiera hecho con las niñas si éstas no hubieran temido la burla de sus jóvenes amigas, que no habrían podido sufrir un beneficio moral tan peligroso para ellas.
Todo Offal Court era una colmena en todo igual a la casa de Canty. Las borracheras, las peleas y los altercados estaban, no a la orden del día, sino de toda la noche. Las cabezas rotas eran, en aquel lugar, cosa tan corriente como el hambre. Sin embargo, el pequeño Tom no era desdichado. Lo pasaba muy mal, pero no se daba cuenta de su situación. Todos los muchachos de Offal Court se hallaban en idénticas circunstancias y, por lo tanto, suponía que aquella vida era normal y agradable. Cuando por la noche volvía a su casa con las manos vacías, sabía que su padre le maldeciría y le propinaría una paliza en concepto de bienvenida, y cuando él se hubiese cansado de azotarle, su repulsiva abuela repetiría el vapuleo corregido y aumentado; no ignoraba tampoco que en el silencio de la noche, su madre hambrienta se acercaría cautelosamente a él para darle a escondidas algún miserable mendrugo que hubiera podido guardarle, aunque hambre no le faltaba para comérselo ella misma y a pesar de que era con frecuencia descubierta al llevar a cabo aquella especie de traición y brutalmente golpeada por su marido.
No, la vida de Tom transcurría bastante bien, particularmente en verano. Mendigaba únicamente lo necesario para comer, pues las leyes contra la mendicidad eran muy severas y las penas muy graves, y pasaba largas horas escuchando las encantadoras leyendas y los viejos cuentos y fábulas que le relataba el buen padre Andrés, pobladas de gigantes, hadas, enanos, genios, castillos encantados, y fastuosos reyes y príncipes. Su cabeza se fue llenando de visiones fantásticas, y más de una noche, tendido en su yacija inmunda, en plena oscuridad, fatigado, hambriento y dolorido por la acostumbrada paliza, daba rienda suelta a su imaginación infantil y, olvidando su sufrimiento y sus pesares, pronto se representaba deliciosas escenas de la vida regalada de un príncipe mimado. Entonces comenzó a sentirse dominado, noche y día, por el deseo de ver por sus propios ojos un príncipe de carne y hueso. Comunicó una vez su ardiente anhelo a uno de sus compañeros de Offal Court, pero éstas le hicieron objeto de tal rechifla, que desde entonces Tom decidió guardar para sí el secreto de sus sueños.
Leía con frecuencia los viejos libros del sacerdote, y conseguía que éste se los explicara detalladamente. Poco a poco, los sueños y las lecturas produjeron un cambio en su temperamento. Los personajes que veía en sueños eran tan elegantes que empezó a lamentar su propio modo de vestir tan harapiento y desaseado, y al compararse con ellos sintió el deseo de verse limpio y mejor trajeado. Pero siguió jugando y divirtiéndose en el lodo. Sin embargo, en vez de echarse al Támesis únicamente para solazarse braceando, como solía hacerlo, empezó ahora a considerar el baño como un medio de aseo muy apreciable.
Tom podía, pues, ir ahora a las ferias y fiestas de mayo de Cheapside y de otros distritos, y de cuando en cuando, entre los habitantes de Londres, tenía ocasión de ver alguna parada militar, cuando algún personaje caído en desgracia era llevado a la Torre, prisionero, por tierra o en bote. Cierto día de verano vio quemar a la pobre Ana Askew y a tres hombres en una hoguera en Smithfield. Y oyó el sermón de un antiguo obispo, que no le interesó en absoluto. Sí, en conjunto, la vida de Tom era variada y bastante agradable.
Poco a poco, las lecturas y los sueñas de Tom sobre la vida principesco produjeron a éste un efecto tan profundo que comenzó, inconscientemente, a actuar como un príncipe. Su manera de hablar y sus modales se volvieron curiosamente corteses y ceremoniosos, lo cual produjo sorpresa e hilaridad entre sus familiares. Pero la influencia de Tom entre ...
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