Ana María Radaelli
Temblando de olvido andan los muertos
— relatos —
Buenos Aires, 2002
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Introducción / Una terrible ternura
Dice la sabia e imaginativa mitología griega que Gea, la Tierra, fue la primera en emerger del caos magmático primigenio y que ella misma generó a Urano, el Cielo, su pareja. Tierra y Cielo, juntos, poblaron el mundo de dioses y de monstruos, de seres luminosos y de entidades tenebrosas. Muy pronto, Urano, el rey, vio su poder amenazado por gigantes y cíclopes, y, olvidando que eran carne de su carne, los arrojó a las vísceras de la Tierra. Pero Gea, madre al fin, no se lo perdonó y, con la complicidad de su hijo Cronos, el Tiempo, logró mutilarlo y quitarle el poder.
Los cíclicos avatares de la creación obligaron a Cronos a devorar a sus hijos, las divinidades olímpicas que podían amenazar su hegemonía. Rea, la misteriosa esposa de Cronos, logró esconder en Creta, su patria, al niño Zeus, que así pudo, en su momento, destronar al padre y hacerle vomitar a todos los dioses devorados para así poblar definitivamente un Olimpo feliz. Inmersa en los vapores de una prehistoria nebulosa, engalanada por los adornos poéticos de la mitología, la historia de la humanidad se convierte en un lindo cuento con su infaltable happy end.
Asesinatos, desapariciones, traiciones y tormentos sin fin parecen momentos necesarios de la evolución hacia un mundo mejor, donde los dioses, todos juntos, desde su Olimpo, van a regir el destino de los humanos según sus caprichos, pero con suficiente sabiduría para que el hombre aprenda a vivir.
Sin embargo, sacada de la niebla mitológica, la historia de la humanidad, cuanto más cercana a nosotros, más horrorosa y sin sentido nos parece. Esto ocurre, por ejemplo, cuando historia de Argentina, por lo menos la que va desde el regreso de Perón en 1973 –consagrado por el baño de sangre de la masacre del aeropuerto de Ezeiza– hasta de los generales Videla y Viola, terminadas en 1983 con las elecciones que decretaron el triunfo de Raúl Alfonsín y la transición a un gobierno civil, que tuvo el valor de llevar al tribunal a los culpables de diez años de terror, pero que apeló al perdón y al olvido con la Ley de Punto Final.
Contra este olvido imposible se escribió este libro.
El mito griego nos cuenta que Mnemosine, la diosa de la memoria, es también hija de Gea y Urano, y que Zeus fue su esposo. Con él generó a las Musas, nueve según la tradición corriente; tres según otras leyendas: Melete, el pensamiento, Mneme, la memoria, Aede, el canto.
Mnemosine y sus tres hijas presiden este libro de cuentos de Ana María Radaelli, donde el pensamiento trabaja la memoria para llegar a un canto que pretende hacernos partícipes y testigos de un momento de la historia que no debe ser olvidado.
Según Eduardo Galeano, uno escribe contra la propia soledad y la soledad de los otros. Uno escribe a partir de una necesidad de comunicación y de comunión con los demás, para denunciar lo que duele y compartir lo que da alegría. Es por eso que la autora decide enfrentarse a la responsabilidad de trasmitir una memoria que no debe perderse si uno no quiere convertirse en cómplice. Recordar es un deber y es un deber dar testimonio, pero tener memoria puede ser un inagotable tormento llevado en una atroz soledad que debe buscar alivio en la comunicación con los demás, entregando a los otros parte de un mundo terrible, cuyas víctimas fueron hombres, mujeres y niños, con sus historias personales, con sus sentimientos, con sus fantasmas.
Así nacen estos cuentos escritos con una terrible ternura, duros hasta la crueldad por la violencia con que nos ofrecen un mundo de humanísimos sentimientos, pisoteados por una Historia superior e insensata. Los protagonistas son todos victimas de la insensatez que invade el país, y si algunos de ellos han sabido elegir de qué parte de la contienda colocarse, otros se ven arrastrados, sin saber el por qué, a un mundo de horror.
Entre los que escogen no olvidar, entre quienes cultivan la memoria, está la autora de este libro. Por ella sabemos que no puede sentirse culpable de haber sobrevivido, y por ella también sabemos que, en los momentos de mayor oscuridad y espanto, siempre ha existido una isla de sol y luz para alimentar la esperanza.
Por gratitud, por amor, porque la vida triunfe sobre la muerte, porque los muertos dejen de temblar de olvido, porque la memoria, hija de Tierra y Cielo, haga siempre contemporáneo y presente nuestro pasado, se hizo este libro.
Alessandra Riccio
Profesora de literatura, periodista y escritora italiana. Integró el jurado –género cuento– en el Premio Casa de las Américas de 1992, certamen en el que Temblando de olvido andan los muertos, fue escogido finalista.
Matar palomas
Hoy no ha venido nadie;
y hoy he muerto, qué poco en esta tarde.
César Vallejo.
Un viento pálido se estrellaba en los cristales del amplio ventanal, pero el chasquido monótono y lacinante se perdía entre las ramas de los eucaliptos zarandeados por la lluvia.
Corrió las cortinas de terciopelo oro viejo y, sin encender la luz, se sentó en su sillón preferido frente al chisporroteo de los leños en la chimenea, que, por primera vez, encontró desmesuradamente grande.
Se acomodó mejor y encendió un cigarrillo. Miró distraído el salón. Todo en él le agradaba. Todo lo había escogido él, personalmente, y el conjunto era sobrio sin llegar a la austeridad, espléndido, pero sin opulencia. Coqueto, diría Gabriela frunciendo la nariz.
Lo que se llama un tipo con gusto, pensó.
Volvió a escuchar, ahora con más atención, el batir desbocado del viento, y presintió a lo lejos el vaivén del río golpeando quedo contra la costanera. La costanera... Siempre tomaba ese camino para volver a casa, pero hoy estaría horrible, todo inundado, y habría tenido que pasar por el centro y con ese tráfico infernal que precede los fines de semana...
Se pasó la mano por el pelo como queriendo ahuyentar pensamientos tan idiotas. Claro, la costumbre, la maldita costumbre, se dijo. –Qué imbécil! Pero eso también quedaba abolido. Para siempre.
Recordó a los románticos que había leído de joven. No, adolescente. El viento y la lluvia haciendo destrozos en los jardines a la francesa, fantasmales bajo un cielo ceniciento, completaban el decorado. Perfecto, así tiene que ser. ¿Qué estoy diciendo? De nuevo se pasó la mano por el pelo. ¿Cómo podía hoy, sí, hoy, pensar en esas cosas? Pueril, puerilmente, puerilidad, y una bocanada de asco agrio le subió a la boca. A pesar de todo, admitió que prefería que la mañana se hubiera aparecido así, odiosa, lúgubre, sin un atisbo de sol. Viento y lluvia y cielo gris, nada más. Encendió otro cigarrillo y se quedó mirando la brasa con tanta ansiedad como si las respuestas pudieran salir una a una del hilo de humo que se le iba enredando en la mano.
Ya todo estaba perdido, irremisiblemente perdido, se dijo una vez más para convencerse, aunque hacía muchos días ya que la verdad (la certidumbre) se le había enroscado muy adentro, como un quejido sinuoso y lacerante que tampoco era posible acallar ni con trampas ni con mala fe. Con nada. Ya no, tampoco eso. Estaba desnudo en medio de una gran fiesta en la que todo el mundo vestía de smoking. Qué espectáculo. Desnudo como un gusano. ¿Por qué como un gusano?
No, no iba a hacer, como en esos libros que se compran en un quiosco de estación, un rápido y último recuento de su vida. Aunque sí lo había hecho y lo seguía haciendo desde... Pero, claro que sí, ¿a quién quería ahora engañar? A pesar de su letargo, sonrió. De nuevo el asco agrio. Sí que podía recitar de memoria, como una lección bien aprendida, toda su historia. Desde aquel día se pasaba horas y horas tratando de recordar, de reconstruir lo más fielmente posible hasta el último detalle, como se dice siempre. Porque el resto, su prehistoria, no valía la pena, para qué.
Y pensar que había gente que hasta hace poco –¿hasta hace poco, estás seguro?– lo envidiaba. Si no era para reír... Aunque en el fondo... ¿Qué soy? Nada más ni nada menos que un hombre que "ha llegado", un tipo de éxito, un triunfador. Y si no, veamos, ¿por qué no?. Posición económica más que holgada, sólida y segura (sobre todo eso, segura) cuenta bancaria, viajes a Europa todos los años, un palacete en la ciudad, una señora casa en el delta... Yate, por supuesto. Para los amigos, por supuesto. ¿Qué amigos, entre paréntesis? ¿Está todo? ¿No te olvidaste de nada? Ah, sí, la estancia y las tierras que acabás de comprar en el sur...
Se levantó del sillón como si las piernas no fueran suyas, pesadas, independientes, ajenas, y se quedó parado mirando estúpidamente el salón en penumbras apenas desgarradas por el resplandor rojizo que salía de la chimenea. Pensó ...
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