Title: ESCAPE PERFECTO

Author:KESSEL JOHN
Subject:FICTION
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John Kessel

ESCAPE PERFECTO

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Sentada en su oficina, aguardando - sin saber exactamente qué -, la Doctora Evans tenía la esperanza de que este no fuera otro mal día. Necesitaba un cigarrillo y un trago. Hizo girar la silla para quedar de cara a las persianas venecianas cerradas que estaban junto a su escritorio, se reclinó hacia atrás y entrelazó las manos detrás de la cabeza. Cerró los ojos y respiró profundamente. El aire que fluctuaba desde el ventilador del cielo raso olía a aceite de máquina. Hacía frío. Lo sentía en la cara, pero su pesado suéter mantenía el resto en calor. Sentía el pelo grasoso. Pasaron varios minutos en los que no pensó en nada. Golpearon la puerta.

- Pase - dijo distraídamente.

Entró Havelmann. Tenía el cuerpo voluminoso de un atleta ligeramente reblandecido, la cabellera gris y espesa y el rostro arrugado. A primera vista, no parecía un hombre de sesenta años. Su traje de excelente confección necesitaba urgentemente un planchado.

- ¿Doctora?

La doctora Evans lo miró por un momento. Lo mataría. Bajó la vista hacia el escritorio. Se frotó la frente con la mano.

- Siéntese - dijo.

Sacó el paquete de cigarrillos del cajón del escritorio.

- ¿Querría fumar?

El viejo tomó uno. Ella lo observó cuidadosamente. Los ojos pardos de Havelmann estaban enrojecidos, parecían pedir disculpas.

- Fumo demasiado - dijo él -. Pero no puedo dejar.

Ella le dio fuego. - Por aquí cada día hay más gente que deja de fumar.

Havelmann exhaló suavemente.

- ¿Qué puedo hacer por usted?

- Qué puedo hacer por usted, señor. Quiero que juguemos un jueguito - Evans sacó un pañuelo del bolsillo. Movió un pisapapeles de bronce, una pequeña réplica del Lincoln Memorial, hasta el centro del secante del escritorio -. Quiero que observe lo que estoy haciendo, ahora.

Havelmann sonrió.

- No me lo diga... ¿lo va a hacer desaparecer, verdad?

Evans trató de ignorarlo. Cubrió el pisapapeles con el pañuelo.

- ¿Qué hay debajo de este pañuelo? - dijo.

- ¿Podemos apostar un poquito?

- Esta vez no.

- Un pisapapeles.

- Maravilloso - Evans se reclinó con decisión -. Ahora quiero que me responda unas preguntas. El viejo recorrió la oficina con mirada curiosa: las persianas cerradas, la terminal y el teclado de la computadora contra la pared, la placa de interruptores en una esquina del escritorio. Sus ojos se detuvieron en el espejo que estaba enfrentado a la ventana.

- Ese es un espejo falso - dijo él.

Evans suspiró.

- No me diga.

- ¿Está grabando esto?

- ¿Le importa?

- Me gustaría saberlo. Simple cortesía.

- Sí, nos están grabando en video. Ahora responda mis preguntas.

Havelmann pareció encogerse ante la hostilidad de ella.

- Claro.

- ¿Qué le parece este lugar?

- Está bien. Un poco aburrido. Por lo que parece, aquí uno ni siquiera podría pescarse una enfermedad, si entiende lo que quiero decir. No tengo intenciones de ser ofensivo, doctora. No he estado aquí lo suficiente para hacerme una idea del lugar.

Evans se hamacó lentamente hacia atrás y adelante.

- ¿Cómo sabe que soy doctora?

- ¿No es usted médica? Pensé que sí. Esto es un hospital ¿no? Así que cuando me enviaron a verla imaginé que usted debía ser médica.

- Soy médica. Me llamo Evans.

- Encantado de conocerla, doctora Evans.

Lo mataría.

- ¿Cuánto hace que está aquí?

El hombre se dio un tirón del lóbulo de la oreja.

- Debo haber llegado hoy. Creo que no hace mucho. Un par de horas. Estuve conversando con las enfermeras en su sala de descanso.

Qué no daría ella por tres dedos de Jack Daniels. Lo miró por encima de sus dedos puestos en cúpula.

- Esas enfermeras, tan conversadoras.

- Estoy seguro de que cumplen con su trabajo.

- Seguro. Dígame lo que estaba haciendo antes de venir a este... hospital.

- ¿Quiere decir inmediatamente antes?

- Sí.

- Estaba trabajando.

- ¿Dónde trabaja?

- Tengo mi empresa propia. Sistemas de comunicación ITG. Diseñamos programas para mucha gente. Estamos cerca de conseguir un gran contrato con Ma Bell. Si logramos eso podré jubilarme cuando tenga cuarenta años... en caso de que el Tío Sam mantenga la mano fuera de mi bolsillo el tiempo suficiente como para dejarme contar lo que me quede.

Evans hizo una anotación en su libreta.

- ¿Tiene familia?

Havelmann la miró con firmeza. Su mirada era la de un honesto y joven estudiante universitario, incongruente en un hombre de su edad. Se la quedó mirando como si no pudiera imaginar por qué ella insistía en hacerle estas abruptas preguntas. Evans detestaba la debilidad de Havelmann, que hacía crecer en ella una furia que la empujaba hasta el borde de la demencia. Y era un mal día, y se pondría peor.

- No entiendo lo que persigue - dijo Havelmann, con considerable dignidad -. Pero así y todo, la ficha la informa de los hechos: tengo mujer, Helen, y dos hijos. Ronnie tiene nueve años y Susan cinco. Tenemos una casa grande y bonita, un Lincoln y un Porsche. Soy de los Braves y no mastico chicle. ¿Qué más le gustaría saber?

- Muchas cosas. En algún momento las averiguaré - Evans hablaba con frialdad -. ¿Hay algo que quisiera preguntarme? ¿Cómo vino a dar aquí? ¿Cuánto tiempo va a tener que quedarse? ¿Quién es?

Havelmann habló con una frialdad similar.

- Yo sé quién soy.

- ¿Quién es usted, entonces?

- Me llamo Robert Havelmann.

- Exacto - dijo la doctora Evans con calma -. ¿En qué año estamos?

Havelmann la miro con cautela, como si estuviera a punto de ser embaucado.

- ¿De qué me está hablando? Es 1984.

- ¿Qué época del año?

- Primavera.

- ¿Qué edad tiene usted?

- Treinta y cinco.

- ¿Qué hay debajo de este pañuelo?

Havelmann miró el pañuelo que estaba sobre el escritorio como si lo viera por primera vez. Se le tensaron los hombros y miró a Evans con sospecha.

- ¿Cómo quiere que lo sepa?

Havelmann regresó esa tarde, igual de arrugado, igual de inocente. ¿Cómo podía una persona envejecer y seguir siendo inocente? Evans no recordaba que las cosas hubieran sido alguna vez así de fáciles.

- Siéntese - dijo ella.

- Gracias. ¿Qué puedo hacer por usted, doctora?

- Quiero continuar la discusión que tuvimos esta mañana.

Havelmann sonrió.

- ¿Discusión? ¿Esta mañana?

- ¿No recuerda haber hablado conmigo esta mañana?

- Nunca le he visto antes.

Evans lo observaba serenamente. El viejo se revolvió en su silla.

- ¿Cómo sabe que soy médica?

- ¿No es usted médica? Me dijeron que debía entrar a ver a la doctora Evans en el consultorio 10.

- Ya veo. Si no estuvo aquí esta mañana, ¿dónde estuvo?

Havelmann dudó.

- Veamos... estaba trabajando. Recuerdo haberle dicho a Helen, mi esposa, que trataría de llegar temprano a casa. Ella siempre me regaña porque me quedo hasta tarde. La empresa está bastante ocupada en este momento: hay un gran contrato en vista. Susan actúa en una obra de teatro escolar y tenemos que estar allá a las ocho. Y quiero llegar a casa con la suficiente anticipación como para trabajar un poco en el jardín. Me pareció un buen día para hacerlo.

Evans hizo una anotación.

- ¿En qué estación del año estamos?

Havelmann se agitó como un niño; miró la ventana de persianas cerradas.

- Primavera - dijo -. Soleada, cálida... muy bonito clima. Están comenzando a florecer los cliclamoros.

Sin una palabra, Evans se levantó de la silla y fue hasta la ventana. Abrió las persianas, revelando un campo árido, barrido por ventiscas de nieve. Pasto muerto fustigado por un fuerte viento y el cielo turbio de nubes.

- ¿Qué le parece esto?

Havelmann miró. Enderezó la espalda y se inclinó hacia adelante. Se tironeó del lóbulo de la oreja.

- ¿No es una desgracia? Si no le gusta el clima de aquí... Espere diez minutos - dijo.

- ¿Qué pasó con los ciclamoros?

- Con este tiempo, probablemente morirán. Espero que Helen les haya puesto abrigos a los niños.

Evans miró la ventana. Nada había cambiado. Lentamente, cerró las persianas y volvió a sentarse.

- ¿En qué año estamos?

Havelmann se acomodó en la silla, nuevamente calmo.

- ¿Qué quiere decir? Es 1984.

- ¿Alguna vez leyó ese libro?

- Un minuto, despacio. ¿De qué me está hablando?

Evans se preguntó qué haría Havelmann si ella se levantaba y le enterraba los pulgares en los ojos.

- El libro de George Orwell titulado «1984» - se obligó a decir con lentitud -. ¿Lo conoce?

- Claro. Tuvimos que leerlo en la universidad.

¿Había un dejo de irritación debajo de la inocencia de Havelmann? Evans se quedó sentada, tan silenciosa e inmóvil como pudo.

- Recuerdo que me impresionó bastante - continuó Havelmann.

- ¿Qué tipo de impresión?

- Esperaba algo diferente del profesor. Era un liberal confeso. Yo esperaba algún libro del tipo desgarrante. No fue así en absoluto.

- ¿Lo puso incómodo?

- No. No me dijo nada que no supiera ya. Sólo reflejaba lo erróneo del colectivismo. Usted sabe... el comunismo reprime al individuo, destruye la iniciativa. Alega tener en su espíritu los intereses de la mayoría. Y niega todos los valores humanos. Eso es lo que saqué de «1984», aunque oyendo hablar del libro a aquel profesor, parecía que sólo tratara de Nixon y Vietnam.

Evans siguió quieta. Havelmann prosiguió.

- He observado la misma mentalidad en mi trabajo en la empresa. Las grandes corporaciones son exactamente iguales que el gobierno. Grandes, lentas: usted podría mostrarles la ...
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