Cuatro Bestias en Una: El Hombre Cameleopardo
Edgar Allan Poe
*****************
Antíoco Epífanes es generalmente visto como el Gog del profeta Ezequiel. Este honor es, empero, más propiamente atribuido a Cambises, el hijo de Ciro. Y ciertamente el carácter del monarca sirio no necesita ningún otro ornamento. Su acceso al trono, o mejor dicho, su usurpación de la soberanía, unos ciento setenta años antes de Cristo; su intento de saquear el templo de Diana en Efeso; su implacable hostilidad hacia los Judíos; su profanación al Santo de los Santos; y su miserable muerte en Tebas, luego de un tumultuoso reinado de once años, son circunstancias bastante relevantes, y generalmente han sido mucho más reportadas por los historiadores de esta época, que su impía, vil, cruel, tonta y antojadiza conjunción de hechos que hicieron el sumatoria de su vida privada y reputación.
Vamos a suponer, amado lector, que estamos ahora en el año tres mil ochocientos treinta, y vamos, por unos minutos, a imaginarnos a nosotros mismos dentro de una de las más grotescas habitaciones humanas, la remarcable ciudad de Antioquía. Se asegura que en Siria y otras naciones, hubo dieciséis ciudades con el mismo nombre, aparte de la que estoy aludiendo particularmente. Pero la nuestra es aquella denominada Antioquía Epidafne, por su vecindad con el pequeño pueblo de Dafne, donde tenemos un templo dedicada a tal divinidad. Fue construído por (hay, sin embargo, alguna disputa sobre esta materia) Seleuco Nicanor, el primer rey del país después de la muerte de Alejandro Magno, en memoria de Antíoco, su padre, y se convirtió inmediatamente en residencia de la monarquía siria. En los tiempos florecientes del Imperio Romano, fue una usual estación del prefecto de las provincias de Medio Oriente; y muchos de los emperadores pasaron aquí gran parte de sus tiempos. Pero percibo que hemos llegado a la ciudad misma. Pero, ascendamos por su almenaje, y lancemos nuestra vista sobre el pueblo y los vecinos.
¿Qué río ancho y rápido es que fuerza su camino, con innumerables saltos, a través de las salvajes montañas, y finalmente a través de las salvajes construcciones? Es el Orontes, y es la única traza de agua a la vista, con la excepción del Mediterráneo, que se expande, como un ancho espejo, a través de doce millas hacia el sur. Todos han visto el Mediterráneo, pero déjenme decirles, hay algunos que han dado miradas furtivas sobre Antioquía. Estos, unos pocos, como usted y yo, han tenido, al mismo tiempo, las ventajas de una moderna educación. Por consiguiente desisten de reconocer el mar, y prestan completa atención a la masa de casas que permanecen bajo nuestro. Ustedes recordarán que es el año del mundo tres mil ochocientos treinta. Donde más tarde, por ejemplo, en el año de nuestro Señor mil ochocientos cuarenta y cinco, no tendríamos tal extraordinario espectáculo. En el Siglo Diecinueve Antioquía está - o mejor tendríamos que decir, estará - e un lamentable estado de decaimiento. Ha estado, para esta época, totalmente destruida, en de tres diferentes períodos, por tres terremotos sucesivos.
Por consiguiente, al decir verdad, lo poco que pudo haber quedado, será encontrado en un estado tan desolado y ruinoso que el patriarca debería mudar su residencia a Damasco. Esto está bien. Veo que aprovecha mi consejo, y dedica la mayoría de su tiempo a reconocer los lugares para ... Satisfacer vuestros ojos Con las memorias y las cosas famosas Que más honran a esta ciudad.
Le pido perdón; había olvidado que Shakespeare no florecería hasta dentro de diecisiete siglos y medio. Pero ¿la apariencia de Epidaphne no me justifica en llamarla grotesca? "Está bien fortificada; y a este respecto, está tan en deuda con la naturaleza como con el arte." Muy cierto.
"Hay un gran número de palacios estatales." Los hay.
"Y los numerosos templos, suntuosos y magníficos, pueden ser tranquilamente comparados con los más laudados de la antigüedad." Todo esto tengo que admitirlo. Aún tenemos una infinidad de chozas de barro, y caramancheles abominables. No podemos sino percibir abundancia de suciedad en cada esquina, y, no sería por el poderoso humo de idólatras inciensos, no tendría duda que encontraríamos una intolerable pestilencia. ¿Alguna vez vio calles tan insufriblemente estrechas, o casas tan milagrosamente altas? ¡Qué lóbrega se ven sus sombras proyectadas sobre el piso! Es que si no fuera que las lámparas pendientes de las interminables columnatas son mantenidas encendidas aún de día, tendríamos sin duda la oscuridad del Egipto en el tiempo de la desolación.
"¡Ciertamente es un lugar extraño! ¿Cuál es el significado particular de todas estas singulares construcciones? ¡Mire! Son torres encima de otras, y todas apuntan hacia lo que yo tomo por el Palacio Real." Este es el nuevo Templo del Sol, que es adorado en Siria bajo el título de Elah Gabalah. Más adelante, un notorio Emperador Romano instituiría su culto en Roma, y consecuentemente tomó del mismo su apodo: Heliogábalo. Me atrevo a decirle que eche un vistazo a la divinidad dentro del templo. No necesitará mirar hacia arriba, al cielo; su arca no está arriba, al menos no el arca adorada por los sirios. Esta deidad es encontrada en el interior de aquella construcción. Es adorada bajo la figura de un gran pilar que está en la punta de un cono o pirámide, donde se connota el fuego.
"¡Escucha! ¿Quién puede de aquellos ridículos seres, estar, medio desnudo, con su rostro pintado, gritando y gesticulando al gentío?" Algunos son charlatanes de feria. Otros pertenecen a la raza de los filósofos. La mayoría, empero, aquellos especialmente que machacan al populacho con palos, son los principales cortesanos del palacio, ejecutando como tarea pesada, alguna laudable vis cómica del rey.
"¿Pero, qué tenemos aquí? ¡Cielos! ¡El pueblo es abarrotado junto a bestias salvajes! ¡Qué terrible espectáculo, de peligrosa extravagancia!" Terrible, con su permiso; pero no tanto como para ser peligroso. Cada animal si usted se toma la molestia de observar, está siguiendo, muy tranquilamente, a su amo. Algunos pocos son guiados con sogas alrededor del cuello, pero estos son mayormente los menos o solamente especies tímidas. El león, el tigre, y el leopardo están enteramente sin ningún freno. Todos han sido entrenado sin dificultad para la presente profesión, y siguen a sus respectivos dueños como si fueran una especie de valets-de-chambre. Es verdad, hay ocasiones en las que la Naturaleza se asegura sus dominios violados pero por entonces si un hombre era devorado o si un toro consagrado era sacrificado, eran circunstancias de muy poca monta para ser menos que inferiores en Epimanes.
"¿Pero, qué extraordinario tumulto escucho? Seguramente este es un ruido alto para la ciudad. Debe ser el principio de alguna conmoción de inusual interés." Si, indudablemente. El rey ha ordenado algún espectáculo novel, algunas exhibiciones de gladiadores en el hipódromo, o quizás la masacre de los prisioneros escitas, o la incendio de su nuevo palacio, o la demolición de algún enorme templo, o tal vez la muerte en la hoguera de algunos judíos. Los gritos se acrecientan. Los alaridos de risas ascienden a los cielos. El aire se vuelve disonante con instrumentos de viento, y horrible con el clamor de un millón de gargantas. Dejémoslo descender, por amor a la diversión, y veamos que pasa. ¡Pero cuidado! Aquí estamos en la calle principal, la calle de Timarco. Un mar de gente viene por esta vía, y encontraremos una gran dificultad en detener la ola. Ellos vienen desbordando el callejón desde la calle Heracles, que desemboca directamente en el palacio. Por consiguiente, debe ser probable que el Rey esté entre los alborotadores. Si, escucho los gritos del líder proclamando su advenimiento en la pomposa fraseología del Este. Debemos echar un vistazo a esta persona cuando pase por el templo de Ashimah. Podemos salvaguardarnos en el vestíbulo del santuario; él estará aquí enseguida. En mientras podemos examinar esta imagen. ¿Qué es? ¡Oh! Es el dios Ashimah en persona. Tú lo percibes, sin embargo, que no es un cordero, ni una cabra ni un sátiro ni tampoco el dios Pan de los Arcadianos. Aún todas estas apariencias han sido dadas, pido perdón, serán dadas, por los entendidos de futuras épocas, al dios Ashimah de los sirios. Ponlo en tus lentes, y dime que es. ¿Qué es? "¡Dios bendito! ¡Es como un mono!" Cierto, como un babuino; pero de ninguna manera es menos que una deidad. Su nombre es una derivación del griego Simia, (¡que grandes tontos son los arqueólogos!) ¡Pero mira! ¡Mira! Aquel pilluelo harapiento que corre a toda prisa.
¿A dónde va? ¿Por qué está llorando? ¿Qué es lo que dice? ¡Oh! ¡Dice que el rey está viniendo triunfante; que está vestido de protocolo; que acaba de dar muerte, con sus propias manos, a un centenar de israelitas encadenados! A raíz de esta hazaña, el mendigo está loándolo hasta los cielos. ¡Escucha! Aquí viene una tropa.
Han hecho un himno latino sobre el valor del rey, y lo están cantando a medida que marchan.
Mille, mille, mille, Mille, mille, mille, Decollavimus, unus homo! Mille, mille, mille, mille, decollavimus! ...
|
|
|
|
|
|
|
|
|