Hugo Rodríguez Alcalá
La doma del jaguar
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Índice
La doma del jaguar
Prólogo
La doma del jaguar
El patriarca y su anatema
El Rojo Scott en Piré-Tú
El tesoro de la Casa Scott
Las botas del prisionero
Cuadros póstumos
La mujer blanca
En busca del tiempo perdido
En traje marinero, allá en los años veinte...
Escuela primaria
Más sobre la vida en Babia: en la Escuela Normal
Guerra civil
1922-1923
Varia
El rengo león da el último Zarpazo
Estigarribia y Franco en Carandayty
Coloquio ya entre sombras
(... la selva dico di spiriti spessi)
Amanecer sobre las momias
En la universidad de Oxford: 1962
En la universidad de Oxford
En la universidad de Oxford
La Universidad de Wisconsin
Aparición del ángel
- I Aparición del ángel
Apéndice
Tres juicios críticos
Lo que es otro horizonte
Por Manuel Alvar de la Real Academia Española
La insignia de la fe
Por Ángel Mazzei
Elvio Romero
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Prólogo
Este volumen consta de una veintena de piezas. Las primeras aspiran a ser cuentos. De estos cuentos, dos son de pura invención: El Patriarca y su anatema y Cuadros póstumos. Los relatos que tienen por protagonista al Rojo Scott, se los debo al Rojo Scott, esto es, a un viejo amigo de ascendencia escocesa, de vida azarosa y heroica (nunca exenta de buen humor) a quien atribuyo el apellido Scott aunque su verdadero apellido no sea menos escocés. Las botas del prisionero, relato de la guerra del Chaco, no es de mi invención. Mejor dicho, casi todo el cuento excepto el desenlace, evoca sucesos verídicos de aquella campaña. Este cuento se publicó en La Nación de Buenos Aires el 16 de diciembre de 1962, bajo el título de Las botas del mayor, ilustrado por Orlando Pierri.
Las piezas amparadas por el pretencioso título de En busca del tiempo perdido son todas autobiográficas. También lo son las publicadas bajo el título de Varia, excepto, claro está, el Coloquio ya entre Sombras cuyo escenario se describe en el Canto IV del Infierno. (versos 25-151). Es el Limbo.
Tanto En busca del tiempo perdido como en Varia hay una fusión de géneros. Se puede ilustrar este aserto con un par de ejemplos. En traje de marinero, allá en los años veinte... la evocación es autobiográfica. Un niño -el autor- va a una vieja casona con su madre; allí, en un salón de la casona, se ve rodeado por unas ancianas hieráticas y siente el congruo fastidio; algunas lo besan en la mejilla y él cree sentir en ésta una humedad desagradable. Pero cuando el niño abandona el salón y en el jardín se ve rodeado de muchachas jóvenes y hermosas que bailan en corro en torno a él, entonces él descubre la Belleza. La Belleza en dramático contraste con lo experimentado poco antes. Y este descubrimiento es evocado primero en prosa y luego en verso. ¿No tiene algo de cuento esta página autobiográfica de la niñez?
Algo parejo acontece en las páginas autobiográficas relativas a la guerra del Chaco (1932-1935) y a la vida intelectual adulta, la vida universitaria.
Consideremos la que llamaremos aventura en la Universidad de Oxford.
El protagonista ya no es un niño ni un escolar: es un hombre maduro, un profesor que representa en un Congreso de hispanistas a la Universidad de Washington. Ya ha publicado varios libros y ensayos en revistas de América y Europa. Es dos veces doctor y ha alcanzado ya la máxima jerarquía académica. Estos detalles, debe subrayarse, son necesarios para la cabal comprensión de la «aventura».
En Oxford, conforme a una antigua tradición, es despertado violentamente, al rayar el día, con gritos destemplados por un sirviente de la universidad, por un steward. Es que le han asignado una habitación que se cierra por fuera y que tiene, además, apariencia de calabozo gótico. El lector juzgará si en las páginas sobre Oxford, donde hay hasta un adarme de crítica literaria, no hay también algo de cuento... Podría yo aducir otros ejemplos de entre estas piezas de carácter misceláneo. Pero el lector curioso -y benévolo- los encontrará sin ayuda de nadie.
El apéndice transcribe tres juicios críticos de Manuel Alvar, Ángel Mazzei y Elvio Romero.
Estos tres juicios versan sobre mi libro de cuentos El ojo del bosque. Manuel Alvar, lingüista y crítico eminente de la Real Academia Española, problematiza la definición de cuento en su análisis del citado libro, análisis que como es de esperarse tiene interés literario. Manuel Alvar declara hacia el final de su breve ensayo que esa mi obra narrativa le ha hecho pensar en Poe unas veces y otras en Valle-Inclán. Algo bien diferente asevera Ángel Mazzei, distinguido crítico y refinado poeta, (detector zahorí de influencias, coincidencias, confluencias), que, desde 1966 ha comentado varios libros míos, y a quien aprovecho esta oportunidad para agradecerle la generosidad y brillantez de su estimativa. Tocante a los maestros que El ojo del bosque le ha hecho recordar, son éstos muy diferentes de los nombrados por Manuel Alvar, lo cual a su vez tiene interés literario. Incluyo el mensaje de Elvio Romero en homenaje a una amistad iniciada allá por los años cuarenta...
H. R. A.
Un corpulento Jaguar o Tigre americano.
La doma del jaguar
Al hacerme cargo del obraje maderero en el Alto Paraná necesitaba urgentemente un capataz. Convoqué una junta de peones la misma mañana en que desembarqué del vaporcito y subí la escarpada barranca.
-¿Quién es el más bruto de todos ustedes? -les pregunté sin ambages.
Los veinticuatro forajidos se miraron entre sí como para calibrarse recíprocamente. Dos nombres oí murmurar antes de oír la respuesta categórica: los nombres de Toribio Vera y de Antenor Frutos.
-¿Quién es el más bruto de estos dos? -inquirí yo, serio. Yo observaba impasible a los veinticuatro, sentado en mi banquito de urundey que desde entonces sería mi sitial en la selva. Difícil elegir entre Vera y Frutos, si éstos eran sus verdaderos nombres. Los dos debían igual número de muertes; los dos como todos aquellos fugitivos de la justicia de uno o más de los tres países limítrofes, habían cambiado de identidad por lo menos una vez. Yo ya no era inexperto en mi trato con criminales. Casi tres años en la inmunda cárcel capitalina me habían enseñado cómo ganar la confianza de esta gente. Cada cual tiene su punto flaco. Había también aprendido a descubrir y a apreciar en renombrados asesinos cualidades nada malas. Ahora iba a comprobar que en plena jungla paranaense no faltaba una ética, una ética en algunos aspectos nada despreciable. Matar no estaba mal mirado. Se mataba por necesidad o por hombría o lo que se entendía por hombría de bien o de mal. Pero no se toleraba el robo. Existía una cierta honradez en que se podía confiar. Por otra parte, la deslealtad, la traición eran consideradas abominables.
* * *
Como perseguido político me vi obligado a refugiarme en aquella selva salvaje del Alto Paraná. Yo estaba algo desconcertado. Conocía bien el río Paraná desde Corrientes hasta Posadas y Encarnación. Un río anchísimo, tranquilo, de un color azul plata y con verdísimas islas. Pero subiendo hacia el norte, hacia donde estaba mi obraje, el río se hacía angosto y oscuro entre murallones altísimos, de hasta más de cien metros por encima de las aguas. A los pies de estos murallones de basalto o arenisca, se retorcía un caudal hirviente en remolinos, ya no azul como más abajo sino de un color gris y triste. Así me pareció. Además tan retorcido es el voraginoso cauce que los ojos no pueden complacerse en la visión de un panorama extenso de agua más o menos turbulenta. En los innumerables recodos del Alto Paraná la vista se estrella contra esos gigantescos paredones sobrevolados por aves de rapiña. Porque entre recodo y recodo, entre vueltas y revueltas no se ve más espacio de agua que el que alcanza una pedrada.
-Me espera una vida perra en estas selvas -pensé- aquí jaguares y pumas no han de ser más feroces que los bandidos que las infestan.
Por esto me armé de todo el valor de que era capaz para enfrentarme con los veinticuatro individuos que serían los peones a mi mando. La cárcel, sin embargo, mi larga reclusión en una cárcel de criminales como si yo fuese uno de ellos, me permitió saber en poco tiempo que yo podía hombrearme con los ex convictos del Alto Paraná.
Al terminar la junta con los peones les prometí comunicarles mi decisión al día siguiente. Y así lo hice. El capataz sería Toribio Vera.
Toribio Vera, bizco, rengo, ladino, sonreía casi todo el tiempo. Su sonrisa, al prolongarse en la mejilla izquierda, se unía a una morada cicatriz. La puñalada que años antes le había abierto la mejilla, sólo se le había detenido detrás de la oreja, de la oreja izquierda, se entiende.
Le faltaba el lóbulo. Pero la negra y apelmazada melena de Toribio Vera disimulaba bastante bien la ausencia del lóbulo.
-Señor Toribio Vera -le dije cuando estuvimos solos a ...
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