El nacimiento de la verdad
Juan Cortés de Tolosa
El nacimiento de la verdad
Juan Cortés de Tolosa
Nació la Verdad en un lugar grande, pero poco poblado. Fueron
sus padres la Razón y el Desengaño. Salió embuelta en un capillo, no
por afortunada sino por pobre. Por la calidad de sus padres no le
estuvo mal el don: éste fue de sabiduría. Fue su rostro blanco y sus
faciones hermosíssimas; fue creciendo siempre tan delicada como se
suele dezir della. Procuró arrimarse a buenos y huyeron su compañía,
que, aunque era muy hermosa, tenía mal olor en la boca. Ya era de
razonable edad quando se le pegaron muchos, que dixeron ser sus
amigos: parecieron antes sus deudos en lo poco que hizieron por
ella.
En ésta empeçó a exercitar su oficio. Passó ansí que, al
desembocar de una calle, oyó que en una casa davan grandes gritos, a
cuya puerta dixo:
-Dezid que está aquí la Verdad.
Un pobre hombre, a quien su muger dava tormento de toca,
basquiña, ropa, jubón y otros adereços, dixo:
-Entre y sea muy bien venida. Veamos si tengo para dar todo
esso junto.
Entró, y apenas la huvo visto la muger quando, con grandes
gritos, llamó a su madre. Salió la vieja con unos colmillos de
javalí y, vista de la Verdad, con apresurados passos se bolvió por
donde avía entrado, que ni un gigante tan grande se atreve con una
suegra. A quien siguió el desconsolado marido, diziéndola:
-No acabo de entender esta muger: dize me quiere mucho y dame
pesadumbres de muerte. Dezidme, pues todo lo sabéys, qué quiere
dezir esto o a dónde está el remedio.
A quien la Verdad dió por respuesta:
-En quanto a la suegra, ¡Dios se duela de vos! A que no la
acabáys de entender, digo que no tan malo, pues otros aún no han
empeçado con las suyas o no quieren empeçar. Creedme que esto de
entender estas damas es como relación de balbucientes, que siempre
están los que los oyen en los principios. A que dónde está el
remedio, digo que según lo que he oýdo, que en la puerta de
Guadalajara.
-¡Teneos! -respondió el marido-. Esso fuera quando, por bever
el hidrópico, se le quitara la sed, mas queda dentro el humor que
daña.
-Dezís muy bien.
La respondió:
-Y donde más se fragua es en los corros que hazen las damas,
particularmente en las iglesias. Ara yo no sé qué sea la razón por
que no se trate del remedio desto. ¡Válgame Dios! ¿La iglesia no es
para encomendarse a Él? Pues, ¿cómo puede ansí ser si en semejantes
corros se trata de Guadix y de las puntas de Flandes? Y no tan malo
esto que haze la de fulano mucho más sin rienda que el hombre más
mordaz, porque ay menos prudencia. Luego nace de aý que una oveja
sarnosa pega a las demás la lepra, porque se pegó a tratar de las
desventuras que la de hulano passa. Tráela un año ha con un vestido
y trátala como una negra, ella las demás la lepra, porque se pegó a
tratar de las demás: harto os he dicho, miraldo.
El marido se despidió y ella quedó diziendo:
-¿No digo yo que esto de maridos es tropelía?
Anduvo todo aquel día echando lances al ayre, sin aver quien la
diesse cosa alguna, aunque muchos la huvieron compassión: y fue cosa
muy de notar que, estando con tanta necessidad de comer, no lo quiso
de uno que se lo ofreció que parecía santo, antes huyó dél, cierta
señal que devía serlo de mentira. Dezía que era muy más seguro
oficio aun que el del médico, pues, demás de la comida segura, lo
estava también el vestido si por lo menos, al cabo del año, avía
santa que llevava quatro o seys ropas.
-¡O, insigne oficio! -repitió algunas vezes-, porque si el
ladrón come, ha trabajado con el ingenio y con las manos. Si el
mercader es rico, ha empleado su hazienda y ha guardado ocasión para
ganar en ella. Si el escrivano se trae galán y sustenta su casa y a
vezes la agena, bien lo ha tarsnochado. Si el alguazil tiene
baxilla, su negociación se la dio. Pero tú, beata, que dormirte te
da de comer y te haze santa, ¡quánta ventaja hazes a todo este
género de gente!
Oy es combidada en casa de un título nuestra madre tal de
Jesús. Llega la hora de comer, come nuestra santa al passo que
muchos santos ayunaron. Vase a dar gracias al oratorio y siéntase
nuestra beata, porque esto de la oración ha de ser como mejor se
halla cada qual: súbenla los humos al cerebro, dormita la bendita
madre y tiene los ojos como quien está en éstasis. ¡O, miralda cómo
está! Está para su negocio muy bien, porque tal vez es mucho mejor
dormitar que dormir, porque quando duermo no sé lo que hago, y
quando dormito, duermo y sélo. Está diziendo entre sí, de suerte que
se pueda entender:
-¡O, qué plato de buñuelos! ¡No comí en mi vida mejor cosa!
Sale a mi señora la condesa la niña que su señoría trae con
tocas de dueña y dízela:
-¡O, si oyesse vuessa señoría lo que dize nuestra madre del
fruto que da la planta de los buenos, no la huviera passado más por
el pensamiento el plato que tanto gusto le dio!
Benditíssima madre, que traer unos çapatos de quatro suelas,
que te defienden de las piedras, te hazen santa, y más santa el saco
que te defiende del sol en verano y abriga en invierno, por ti se
dirá agora, o tú lo deves de dezir: «por esto me llaman beata»: y
dizes y dizen muy bien, según lo que tú professas. Pues, madre
nuestra, mucho mejor es obedecer que sacrificar: hartos monasterios
ay donde puedes serlo viviendo debaxo de campanilla sujeta a otra
voluntad.
No te espantes diga de ti esto, pues en los púlpitos se dize
mucho más largo, y los hombres más doctos de España. Y es cierto,
que ellos ni yo no hablaremos de aquéllas cuyas obras dizen con lo
que éstas fingen, sino de aquéllas que hazen lo contrario; ni yo
pudiera dezirlo, ni fuera yo si lo dixera. Para una cosa dixo ser
muy buenas: para espantar niños, pues, andavan siempre haziendo
gestos como lo anduvo cierta beata en cuya casa viví, de quien
sucintamente contaré vida y milagros.
Digo, pues, que esta tal gestera beata ocupava en la casa que
he dicho, si no el mejor quarto, no los peores aposentos. Y como
hasta que se hiziesse hora de comer se estuviesse en un patinillo
della con las demás vezinas, entrando yo cierto día me dixo:
-¡Santo, mortifíquese y péleme este pollo!
Quíteme yo mi manteo, que era el ábito que entonces traía, y,
llegándome al pozo para ponerle sobre su brocal, vi que en el hueco
de una escalera se estava mortificando con otro pollo la compañera
de nuestra beata. Enfaldéme mi sotana y veo que entra otro
mortificado con media azumbre de lo bueno y, tras éste, un
mortificado menor con una libra de nieve. «Ello va de mortificados»,
dixe yo entre mí. Empecé a pelar mi pollo, de cuyas plumas no le
estuviera mal al dueño un vestido fondo en miel, porque la tal beata
hazía lo que algunas mugeres que suelen vender pastillas, que, como
vayan por las casas preguntando si las quieren, en entrando en
ellas, suelen dezir: «Señora, también traygo riquíssimo solimán.» Mi
buena beata pastillas vendía con el ábito de sayal, pero lo que
debaxo dél se encerrava solimán era. También me reí, hasta que la
huve conocido, de los que dezían avía zaoríes, gente que vee lo que
está debaxo de tierra: y desde entonces burlo de los que no lo
creen, porque esta beata veía un talego aunque estuviesse doze
estados debaxo della.
Passando una y otra calle vino a dar consigo en la cárcel,
donde era atormentado un hombre, achacándole avía dado una
cuchillada a un maldiciente. La Verdad dixo no era ansí, que el otro
se la avía tomado, pues nació de su mala lengua la causa dello; cosa
que no poco la provocava a reýr, considerando que se gozavan otros
los plazeres y éste una cuchillada por dezir lo que no le yva ni
venía, como si huviera de dar cuenta dello.
Luego boló la fama de la mucha discreción de la Verdad, muy
desseada pero mal recebida. Preguntáronla que quándo hablavan della
las mugeres. Respondió que quando dezían mal de sí. Otro la preguntó
que cómo sabía tanto. Respondió que antes amargava.
Viose la triste sola, desamparada y muerta de hambre. Quiso
aprender oficio, y no halló otro de que echar mano, para quien ella
era, sino del de sacamuelas, que las sacan sin dolor como prometen.
Estando en éste, vinieron unos hombres muy ásperos, cargados de
vigotes, con unas dagas muy anchas. Éstos combidaron ...
|
|
|
|
|
|
|
|
|