






Hans Christian Andersen

En el mar remoto



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Varios grandes barcos haban sido enviados a las regiones del Polo Norte para descubrir los lmites ms septentrionales entre la tierra y el mar, e investigar hasta dnde podan avanzar los hombres en aquellos parajes. Llevaban ya mucho tiempo abrindose paso por entre la niebla y los hielos, y sus tripulaciones haban tenido que sufrir muchas penalidades. Ahora haba llegado el invierno y desaparecido el sol; durante muchas, muchas semanas, rein la noche continua; en derredor todo era un nico bloque de hielo, en el que los barcos haban quedado aprisionados; la nieve alcanzaba gran altura, y con ella haban construido casas en forma de colmena, algunas grandes como tmulos, y otras, ms pequeas, capaces de albergar solamente de dos a cuatro hombres. Sin embargo, la oscuridad no era completa, pues las auroras boreales enviaban sus resplandores rojos y azules; era como un eterno castillo de fuegos artificiales, y la nieve despeda un tenue brillo; la noche era all como un largo crepsculo llameante. En los perodos de mayor claridad se presentaban grupos de indgenas de singularsimo aspecto, con sus hirsutos abrigos de pieles; iban montados en trineos construidos de trozos de hielo, y traan pieles en grandes fardos, gracias a las cuales las casas de nieve pudieron ser provistas de calientes alfombras. Las pieles servan, adems, de mantas y almohadas, y con ellas los marineros se arreglaban camas bajo sus cpulas de nieve, mientras en el exterior arreciaba el fro con una intensidad desconocida incluso en los ms rigurosos inviernos nrdicos. En nuestra patria era todava otoo, y de ello se acordaban aquellos hombres perdidos en tan altas latitudes; pensaban en el sol de su tierra y en el follaje amarillo que colgaba an de sus rboles. El reloj les dijo que era noche y hora de acostarse, y en una de las chozas de nieve dos hombres se tendieron a descansar. El ms joven tena consigo el mejor y ms preciado tesoro de la patria, regalo de su abuela en el momento de su partida: la Biblia. Cada noche se la pona debajo de la cabeza; ya desde nio saba lo que en ella estaba escrito. Lea un trozo cada da, y estando en el lecho le venan con gran frecuencia a la memoria aquellas santas palabras de consuelo: Si tomase yo las alas de la aurora y estuviese en el mar ms remoto, Tu mano me guiara hasta all, y Tu diestra me sostendra. Y a estas palabras de verdad se cerraban sus ojos y llegaba el sueo, la revelacin del espritu en Dios; el alma estaba viva mientras el cuerpo reposaba; l lo senta, parecale como si resonasen viejas y queridas melodas, como si le envolvieran tibias brisas estivales; y desde su lecho vea cmo un gran resplandor se filtraba a travs de la nvea cpula. Levantaba la cabeza, y aquel blanco refulgente no era pared ni techo, sino las grandes alas de un ngel, a cuyo rostro dulce y radiante alzaba los ojos.
Como del cliz de un lirio sala el ngel de las pginas de la Biblia, extenda los brazos, y las paredes de la choza se esfumaban a modo de un sutil y vaporoso manto de niebla: los verdes prados y colinas de la patria, y sus bosques oscuros y rojizos se extendan en derredor, al sol apacible de un bello da de otoo; el nido de la cigea estaba vaco, pero colgaban todava frutos de los manzanos silvestres, aunque haban cado ya las hojas; brillaban los rojos escaramujos, y el estornino silbaba en su pequea jaula verde, colocada sobre la ventana de la casa de campo, donde tena l su hogar; el pjaro silbaba como le haban enseado, y la abuela le pona mijo en la jaula, segn viera hacer siempre al nieto; y la hija del herrero, tan joven y tan linda, sacaba agua del pozo y diriga un saludo a la abuela, quien le corresponda con un gesto de la cabeza, mostrndole al mismo tiempo una carta llegada de muy lejos. Se haba recibido aquella misma maana; vena de las heladas tierras del polo Norte, donde se encontraba el nieto - en manos de Dios -. Y las dos mujeres rean y lloraban a la vez, y l, que todo lo vea y oa desde aquellos parajes de hielo y nieve, en el mundo del espritu bajo las alas del ngel, rea con ellas y con ellas lloraba. En la carta se lean aquellas mismas palabras de la Biblia: En el mar ms remoto, su diestra me sostendr. Son en derredor una sublime msica, como salida de un coro celeste, mientras el ngel extenda sus alas, a modo de velo, sobre el mozo dormido... Se desvaneci el sueo; en la choza reinaba la oscuridad, pero la Biblia segua bajo su cabeza, la fe y la esperanza moraban en su corazn, Dios estaba con l, y tambin la patria, en el mar remoto.

