





Hans Christian Andersen

La espinosa senda del honor



***************



Circula todava por ah un viejo cuento titulado: La espinosa senda del honor, de un cazador llamado Bryde, que lleg a obtener grandes honores y dignidades, pero slo a costa de muchas contrariedades y vicisitudes en el curso de su existencia. Es probable que algunos de vosotros lo hayis odo contar de nios, y tal vez ledo de mayores, y acaso os haya hecho pensar en los abrojos de vuestro propio camino y en sus muchas adversidades. La leyenda y la realidad tienen muchos puntos de semejanza, pero la primera se resuelve armnicamente ac en la Tierra, mientras que la segunda las ms de las veces lo hace ms all de ella, en la eternidad.
La Historia Universal es una linterna mgica que nos ofrece en una serie de proyecciones, el oscuro trasfondo de lo presente; en ellas vemos cmo caminan por la espinosa senda del honor los bienhechores de la Humanidad, los mrtires del genio.
Estas luminosas imgenes irradian de todos los tiempos y de todos los pases, cada una durante un solo instante, y, sin embargo, llenando toda una vida, con sus luchas y sus victorias. Consideremos aqu algunos de los componentes de esta hueste de mrtires, que no terminar mientras dure la Tierra.
Vemos un anfiteatro abarrotado. Las Nubes, de Aristfanes, envan a la muchedumbre torrentes de stira y humor; en escena, el hombre ms notable de Atenas, el que fue para el pueblo un escudo contra los treinta tiranos, es ridiculizado espiritual y fsicamente: Scrates, el que en el fragor de la batalla salv a Alcibades y a Jenofonte, el hombre cuyo espritu se elev por encima de los dioses de la Antigedad, l mismo se halla presente; se ha levantado de su banco de espectador y se ha adelantado para que los atenienses que se ren puedan comprobar si se parece a la caricatura que de l se presenta al pblico. All est erguido, destacando muy por encima de todos. T, amarga y ponzoosa cicuta, habas de ser aqu el emblema de Atenas, no el olivo.
Siete ciudades se disputan el honor de haber sido la cuna de Homero; despus que hubo muerto, se entiende. Fijaos en su vida: Va errante por las ciudades, recitando sus versos para ganarse el sustento, sus cabellos encanecen a fuerza de pensar en el maana. l, el ms poderoso vidente con los odos del espritu, es ciego y est solo; la acerada espina rasga y destroza el manto del rey de los poetas. Sus cantos siguen vivos, y slo por l viven los dioses y los hroes de la Antigedad.
De Oriente y Occidente van surgiendo, imagen tras imagen, remotas y apartadas entre s por el tiempo y el espacio, y, sin embargo, siempre en la senda espinosa del honor, donde el cardo no florece hasta que ha llegado la hora de adornar la tumba.
Bajo las palmeras avanzan los camellos, ricamente cargados de ndigo y de otros valiosos tesoros. El Rey los enva a aquel cuyos cantos constituyen la alegra del pueblo y la gloria de su tierra; se ha descubierto el paradero de aquel a quien la envidia y la falacia enviaron al destierro... La caravana se acerca a la pequea ciudad donde hall asilo; un pobre cadver conducido a la puerta la hace detener. El muerto es precisamente el hombre a quien busca: Firdusi...  Ha recorrido toda la espinosa senda del honor.
El africano de toscos rasgos, gruesos labios y cabello negro y lanoso, mendiga en las gradas de mrmol de palacio de la capital lusitana; es el fiel esclavo de Camoens; sin l y sin las limosnas que le arrojan, morira de hambre su seor, el poeta de Las Lusiadas.
Sobre la tumba de Camoens se levanta hoy un magnfico monumento.
Una nueva proyeccin.
Detrs de una reja de hierro vemos a un hombre, plido como la muerte, con larga barba hirsuta.
- He realizado un descubrimiento, el mayor desde hace siglos - grita -, y llevo ms de veinte aos encerrado aqu!
- Quin es?
- Un loco! - dice el guardin -. A lo que puede llegar un hombre! Est empeado en que es posible avanzar al impulso del vapor!
Salomn de Caus, descubridor de la fuerza del vapor, cuyas imprecisas palabras de presentimiento no fueron comprendidas por un Richelieu, muri en el manicomio.
Ah tenemos a Coln, burlado y perseguido un da por los golfos callejeros porque se haba propuesto descubrir un nuevo mundo, y lo descubri! Las campanas de jbilo doblan a su regreso victorioso, pero las de la envidia no tardarn en ahogar los sones de aqullas. El descubridor de mundos, que levant del mar la tierra americana y la ofreci a su rey, es recompensado con cadenas de hierro, que pedir sean puestas en su atad, como testimonios del mundo y de la estima de su poca.
Las imgenes se suceden; est muy concurrida la senda espinosa del honor.
He aqu, en el seno de la noche y las tinieblas, aquel que calcul la altitud de las montaas de la Luna, que recorri los espacios hasta las estrellas y los planetas, el coloso que vio y oy el espritu de la Naturaleza, y sinti que la Tierra se mova bajo sus pies: Galileo. Ciego y sordo est, un anciano, traspasado por la espina del sufrimiento en los tormentos del ments, con fuerzas apenas para levantar el pie, que un da, en el dolor de su alma, golpe el suelo al ser borradas las palabras de la verdad: Y, sin embargo, se mueve!.
Ah est una mujer de alma infantil, llena de entusiasmo y de fe, a la cabeza del ejrcito combatiente, empuando la bandera y llevando a su patria a la victoria y la salvacin. Estalla el jbilo... y se enciende la hoguera: Juana de Arco, la bruja, es quemada viva.
Peor an, los siglos venideros escupirn sobre el blanco lirio: Voltaire, el stiro de la razn, cantar La pucelle.
En el Congreso de Viborg, la nobleza danesa quema las leyes del Rey: brillan en las llamas, iluminan la poca y al legislador, proyectan una aureola en la tenebrosa torre donde l est aprisionado, envejecido, encorvado, araando trazos con los dedos en la mesa de piedra; l, otrora seor de tres reinos, el monarca popular, el amigo del burgus y del campesino: Cristin II, de recio carcter en una dura poca. Sus enemigos escriben su historia. Pensemos en sus veintisiete aos de cautiverio, cuando nos venga a la mente su crimen. All se hace a la vela una nave de Dinamarca; en alto mstil hay un hombre que contempla por ltima vez la Isla Hveen: es Tycho Brahe, que levantar el nombre de su patria hasta las estrellas y ser recompensado con la ofensa y el disgusto. Emigra a una tierra extraa: El cielo est en todas partes, qu ms necesito?, son sus palabras; parte el ms ilustre de nuestros hombres, para verse honrado y libre en un pas extranjero. 
Ah, libre, incluso de los insoportables dolores del cuerpo!, omos suspirar a travs de los tiempos. Qu cuadro! Griffenfeld, un Prometeo dans, encadenado a la rocosa Isla de Munkholm.
Nos hallamos en Amrica, al borde de un caudaloso ro; se ha congregado una muchedumbre, un barco va a zarpar contra viento y marea, desafiando los elementos. Roberto Fulton se llama el hombre que se cree capaz de esta hazaa. El barco inicia el viaje; de pronto se queda parado, y la multitud re, silba y grita; su propio padre silba tambin: - Orgullo, locura! Has encontrado tu merecido! Qu encierren a esta cabeza loca! -. Entonces se rompe un diminuto clavo que por unos momentos haba frenado la mquina, las ruedas giran, las palas vencen la resistencia del agua, el buque arranca... La lanzadera del vapor reduce las horas a minutos entre las tierras del mundo.
Humanidad, comprendes cun sublime fue este despertar de la conciencia, esta revelacin al alma de su misin, este instante en que todas las heridas del espinoso sendero del honor - incluso las causadas por propia culpa - se disuelven en cicatrizacin, en salud, fuerza y claridad, la disonancia se transforma en armona, los hombres ven la manifestacin de la gracia de Dios, concedida a un elegido y por l transmitida a todos?
As la espinosa senda del honor aparece como una aureola que nimba la Tierra. Feliz el que aqu abajo ha sido designado para emprenderla, incorporado graciosamente a los constructores del puente que une a los hombres con Dios!
Sostenido por sus alas poderosas, vuela el espritu de la Historia a travs de los tiempos mostrando - para estmulo y consuelo, para despertar una piedad que invita a la meditacin -, sobre un fondo oscuro, en cuadros luminosos, el sendero del honor, sembrado de abrojos, que no termina, como en la leyenda, en esplendor y gozo aqu en la Tierra, sino ms all de ella, en el tiempo y en la eternidad.

