




Hans Christian Andersen

La casa vieja


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Haba en una callejuela una casa muy vieja, muy vieja; tena casi trescientos aos, segn poda leerse en las vigas, en las que estaba escrito el ao, en cifras talladas sobre una guirnalda de tulipanes y hojas de lpulo. Haba tambin versos escritos en el estilo de los tiempos pasados, y sobre cada una de las ventanas en la viga, se vea esculpida una cara grotesca, a modo de caricatura. Cada piso sobresala mucho del inferior, y bajo el tejado haban puesto una gotera con cabeza de dragn; el agua de lluvia sala por sus fauces, pero tambin por su barriga, pues la canal tena un agujero.
Todas las otras casas de la calle eran nuevas y bonitas, con grandes cristales en las ventanas y paredes lisas; bien se vea que nada queran tener en comn con la vieja, y seguramente pensaban:
Hasta cundo seguir este viejo armatoste, para vergenza de la calle? Adems, el balcn sobresale de tal modo que desde nuestras ventanas nadie puede ver lo que pasa all. La escalera es ancha como la de un palacio y alta como la de un campanario. La barandilla de hierro parece la puerta de un panten, y adems tiene pomos de latn. Habrse visto!.
Frente por frente haba tambin casas nuevas que pensaban como las anteriores; pero en una de sus ventanas viva un nio de coloradas mejillas y ojos claros y radiantes, al que le gustaba la vieja casa, tanto a la luz del sol como a la de la luna. Se entretena mirando sus decrpitas paredes, y se pasaba horas enteras imaginando los cuadros ms singulares y el aspecto que aos atrs deba de ofrecer la calle, con sus escaleras, balcones y puntiagudos hastiales; vea pasar soldados con sus alabardas y correr los canalones como dragones y vestiglos. Era realmente una casa notable. En el piso alto viva un anciano que vesta calzn corto, casaca con grandes botones de latn y una majestuosa peluca. Todas las maanas iba a su cuarto un viejo sirviente, que cuidaba de la limpieza y haca los recados; aparte l, el anciano de los calzones cortos viva completamente solo en la vetusta casona. A veces se asomaba a la ventana; el chiquillo lo saludaba entonces con la cabeza, y el anciano le corresponda de igual modo. As se conocieron, y entre ellos naci la amistad, a pesar de no haberse hablado nunca; pero esto no era necesario.
El chiquillo oy cmo sus padres decan:
- El viejo de enfrente parece vivir con desahogo, pero est terriblemente solo.
El domingo siguiente el nio cogi un objeto, lo envolvi en un pedazo de papel, sali a la puerta y dijo al mandadero del anciano:
- Oye, quieres hacerme el favor de dar esto de mi parte al anciano seor que vive arriba? Tengo dos soldados de plomo y le doy uno, porque s que est muy solo.
El viejo sirviente asinti con un gesto de agrado y llev el soldado de plomo a la vieja casa. Luego volvi con el encargo de invitar al nio a visitar a su vecino, y el nio acudi, despus de pedir permiso a sus padres.
Los pomos de latn de la barandilla de la escalera brillaban mucho ms que de costumbre; dirase que los haban pulimentado con ocasin de aquella visita; y pareca que los trompeteros de talla, que estaban esculpidos en la puerta saliendo de tulipanes, soplaran con todas sus fuerzas y con los carrillos mucho ms hinchados que lo normal. Taratatr! Que viene el nio! Taratatr!, tocaban; y se abri la puerta. Todas las paredes del vestbulo estaban cubiertas de antiguos cuadros representando caballeros con sus armaduras y damas vestidas de seda; y las armas rechinaban, y las sedas crujan. Vena luego una escalera que, despus de subir un buen trecho, volva a bajar para conducir a una azotea muy decrpita, con grandes agujeros y largas grietas, de las que brotaban hierbas y hojas. Toda la azotea, el patio y las paredes estaban revestidas de verdor, y aun no siendo ms que un terrado, pareca un jardn. Haba all viejas macetas con caras pintadas, y cuyas asas eran orejas de asno; pero las flores crecan a su antojo, como plantas silvestres. De uno de los tiestos se desparramaban en todos sentidos las ramas y retoos de una espesa clavellina, y los retoos hablaban en voz alta, diciendo: He recibido la caricia del aire y un beso del sol, y ste me ha prometido una flor para el domingo, una florecita para el domingo!.
Pas luego a una habitacin cuyas paredes estaban revestidas de cuero de cerdo, estampado de flores doradas.
El dorado se desluce 
pero el cuero queda, 
decan las paredes.
Haba sillones de altos respaldos, tallados de modo pintoresco y con brazos a ambos lados. Sintese! Tome asiento! -decan-. Ay! Cmo crujo! Seguramente tendr la gota, como el viejo armario. La gota en la espalda, ay!.
Finalmente, el nio entr en la habitacin del mirador, en la cual estaba el anciano.
- Muchas gracias por el soldado de plomo, amiguito mo -dijo el viejo-. Y mil gracias tambin por tu visita.
Gracias, gracias!, o bien crrac, crrac!, se oa de todos los muebles. Eran tantos, que casi se estorbaban unos a otros, pues, todos queran ver al nio.
En el centro de la pared colgaba el retrato de una hermosa dama, de aspecto alegre y juvenil, pero vestida a la antigua, con el pelo empolvado y las telas tiesas y holgadas; no dijo ni gracias ni crrac, pero miraba al pequeo con ojos dulces. ste pregunt al viejo:
- De dnde lo has sacado?
- Del ropavejero de enfrente -respondi el hombre-. Tiene muchos retratos. Nadie los conoce ni se preocupa de ellos, pues todos estn muertos y enterrados; pero a sta la conoc yo en tiempos; hace ya cosa de medio siglo que muri.
Bajo el cuadro colgaba, dentro de un marco y cubierto con cristal, un ramillete de flores marchitas; seguramente habran sido cogidas tambin medio siglo atrs, tan viejas parecan. El pndulo del gran reloj marcaba su tictac, y las manecillas giraban, y todas las cosas de la habitacin se iban volviendo an ms viejas; pero ellos no lo notaron. 
- En casa dicen -observ el nio- que vives muy solo.
- Oh! -sonri el anciano-, no tan solo como crees. A menudo vienen a visitarme los viejos pensamientos, con todo lo que traen consigo, y, adems, ahora has venido t. No tengo por qu quejarme.
Entonces sac del armario un libro de estampas, entre las que figuraban largas comitivas, coches singularsimos como ya no se ven hoy da, soldados y ciudadanos con las banderas de las corporaciones: la de los sastres llevaba unas tijeras sostenidas por dos leones; la de los zapateros iba adornada con un guila, sin zapatos, es cierto, pero con dos cabezas, pues los zapateros lo quieren tener todo doble, para poder decir: es un par. Qu hermoso libro de estampas!
El anciano pas a otra habitacin a buscar golosinas, manzanas y nueces; en verdad que la vieja casa no careca de encantos.
- No lo puedo resistir! -exclam de sbito el soldado de plomo desde su sitio encima de la cmoda-. Esta casa est sola y triste. No; quien ha conocido la vida de familia, no puede habituarse a esta soledad. No lo resisto! El da se hace terriblemente largo, y la noche, ms larga an. Aqu no es como en tu casa, donde tu padre y tu madre charlan alegremente, y donde t y los dems chiquillos estis siempre alborotando. Cmo puede el viejo vivir tan solo? Imaginas lo que es no recibir nunca un beso, ni una mirada amistosa, o un rbol de Navidad? Una tumba es todo lo que espera. No puedo resistirlo!
