





Hans Christian Andersen

Visin del baluarte



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Es otoo. Estamos en lo alto del baluarte contemplando el mar, surcado por numerosos barcos, y, a lo lejos, la costa sueca, que se destaca, altiva, a la luz del sol poniente. A nuestra espalda desciende, abrupto, el bosque, y nos rodean rboles magnficos, cuyo amarillo follaje va desprendindose de las ramas. Al fondo hay casas lbregas, con empalizadas, y en el interior, donde el centinela efecta su montono paseo, todo es angosto y ttrico; pero ms tenebroso es todava del otro lado de la enrejada crcel, donde se hallan los presidiarios, los delincuentes peores.
Un rayo del sol poniente entra en la desnuda celda, pues el sol brilla sobre los buenos y los malos. El preso, hosco y rudo, dirige una mirada de odio al tibio rayo. Un pajarillo vuela hasta la reja. El pjaro canta para los buenos y los malos. Su canto es un breve trino, pero el pjaro se queda all, agitando las alas. Se arranca una pluma y se esponja las del cuello; y el mal hombre encadenado lo mira. Una expresin ms dulce se dibuja en su hosca cara; un pensamiento que l mismo no comprende claramente, brota en su pecho; un pensamiento que tiene algo de comn con el rayo de sol que entra por la reja, y con las violetas que tan abundantes crecen all fuera en primavera. Luego resuena el cuerno de los cazadores, meldicos y vigorosos. El pjaro se asusta y se echa a volar, alejndose de la reja del preso; el rayo de sol desaparece, y vuelve a reinar la oscuridad en la celda, la oscuridad en el corazn de aquel hombre malo; pero el sol ha brillado, y el pjaro ha cantado.
Seguid resonando, hermosos toques del cuerno de caza! El atardecer es apacible, el mar est en calma, terso como un espejo.

