





Hans Christian Andersen

La familia feliz



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La hoja verde ms grande de nuestra tierra es seguramente la del lampazo. Si te la pones delante de la barriga, parece todo un delantal, y si en tiempo lluvioso te la colocas sobre la cabeza, es casi tan til como un paraguas; ya ves si es enorme. Un lampazo nunca crece solo. Donde hay uno, seguro que hay muchos ms. Es un goce para los ojos, y toda esta magnificencia es pasto de los caracoles, los grandes caracoles blancos, que en tiempos pasados, la gente distinguida haca cocer en estofado y, al comrselos, exclamaba: Aj, qu bien sabe!, persuadida de que realmente era apetitoso; pues, como digo, aquellos caracoles se nutran de hojas de lampazo, y por eso se sembraba la planta.
Pues bien, haba una vieja casa solariega en la que ya no se coman caracoles.
Estos animales se haban extinguido, aunque no los lampazos, que crecan en todos los caminos y bancales; una verdadera invasin. Era un autntico bosque de lampazos, con algn que otro manzano o ciruelo; por lo dems, nadie habra podido suponer que aquello haba sido antao un jardn. Todo eran lampazos, y entre ellos vivan los dos ltimos y matusalmicos caracoles.
Ni ellos mismos saban lo viejos que eran, pero se acordaban perfectamente de que haban sido muchos ms, de que descendan de una familia oriunda de pases extranjeros, y de que todo aquel bosque haba sido plantado para ellos y los suyos. Nunca haban salido de sus lindes, pero no ignoraban que ms all haba otras cosas en el mundo, una, sobre todo, que se llamaba la casa seorial, donde ellos eran cocidos y, vueltos de color negro, colocados en una fuente de plata; pero no tenan idea de lo que ocurra despus. Por otra parte, no podan imaginarse qu impresin deba causar el ser cocido y colocado en una fuente de plata; pero seguramente sera delicioso, y distinguido por dems. Ni los abejorros, ni los sapos, ni la lombriz de tierra, a quienes haban preguntado, pudieron informarles; ninguno haba sido cocido ni puesto en una fuente de plata.
Los viejos caracoles blancos eran los ms nobles del mundo, de eso s estaban seguros. El bosque estaba all para ellos, y la casa seorial, para que pudieran ser cocidos y depositados en una fuente de plata.
Vivan muy solos y felices, y como no tenan descendencia, haban adoptado un caracolillo ordinario, al que educaban como si hubiese sido su propio hijo; pero el pequeo no creca, pues no pasaba de ser un caracol ordinario. Los viejos, particularmente la madre, la Madre Caracola, crey observar que se desarrollaba, y pidi al padre que se fijara tambin; si no poda verlo, al menos que palpara la pequea cascara; y l la palp y vio que la madre tena razn.
Un da se puso a llover fuertemente.
- Escucha el rampatapln de la lluvia sobre los lampazos -dijo el viejo.
- S, y las gotas llegan hasta aqu -observ la madre-. Bajan por el tallo. Vers cmo esto se moja. Suerte que tenemos nuestra buena casa, y que el pequeo tiene tambin la suya. Salta a la vista que nos han tratado mejor que a todos los restantes seres vivos; que somos los reyes de la creacin, en una palabra. Poseemos una casa desde la hora en que nacemos, y para nuestro uso exclusivo plantaron un bosque de lampazos. Me gustara saber hasta dnde se extiende, y que hay ah afuera.
- No hay nada fuera de aqu - respondi el padre -. Mejor que esto no puede haber nada, y yo no tengo nada que desear.
- Pues a m -dijo la vieja- me gustara llegarme a la casa seorial, que me cocieran y me pusieran en una fuente de plata. Todos nuestros antepasados pasaron por ello y, creme, debe de
ser algo excepcional.
- Tal vez la casa est destruida -objet el caracol padre-, o quizs el bosque de lampazos la ha cubierto, y los hombres no pueden salir. Por lo dems, no corre prisa; t siempre te precipitas, y el pequeo sigue tu ejemplo. En tres das se ha subido a lo alto del tallo; realmente me da vrtigo, cuando levanto la cabeza para mirarlo.
- No seas tan regan -dijo la madre-. El chiquillo trepa con mucho cuidado, y estoy segura de que an nos dar muchas alegras; al fin y a la postre, no tenemos ms que a l en la vida. Has pensado alguna vez en encontrarle esposa? No crees que si nos adentrsemos en la selva de lampazos, tal vez encontraramos a alguno de nuestra especie?
- Seguramente habr por all caracoles negros -dijo el viejo- caracoles negros sin cscara; pero, son tan ordinarios!, y, sin embargo, son orgullosos. Pero podramos encargarlo a las hormigas, que siempre corren de un lado para otro, como si tuviesen mucho que hacer. Seguramente encontraran una mujer para nuestro pequeo.
- Yo conozco a la ms hermosa de todas -dijo una de las hormigas-, pero me temo que no haya nada que hacer, pues se trata de una reina.
- Y eso qu importa? -dijeron los viejos-. Tiene una casa? 
- Tiene un palacio! -exclam la hormiga-, un bellsimo palacio hormiguero, con setecientos corredores. 
- Muchas gracias -dijo la madre-. Nuestro hijo no va a ir a un nido de hormigas. Si no sabis otra cosa mejor, lo encargaremos a los mosquitos blancos, que vuelan a mucho mayor distancia, tanto si llueve como si hace sol, y conocen el bosque de lampazos por dentro y por fuera.
- Tenemos esposa para l! -exclamaron los mosquitos-. A cien pasos de hombre en un zarzal, vive un caracolito con casa; es muy pequen, pero tiene la edad suficiente para casarse. Est a no ms de cien pasos de hombre de aqu.
- Muy bien, pues que venga -dijeron los viejos-. l posee un bosque de lampazos, y ella, slo un zarzal.
Y enviaron recado a la seorita caracola. Invirti ocho das en el viaje, pero ah estuvo precisamente la distincin; por ello pudo verse que perteneca a la especie apropiada.
Y se celebr la boda. Seis lucirnagas alumbraron lo mejor que supieron; por lo dems, todo discurri sin alboroto, pues los viejos no soportaban francachelas ni bullicio. Pero Madre Caracola pronunci un hermoso discurso; el padre no pudo hablar, por causa de la emocin. Luego les dieron en herencia todo el bosque de lampazos y dijeron lo que haban dicho siempre, que era lo mejor del mundo, y que si vivan honradamente y como Dios manda, y se multiplicaban, ellos y sus hijos entraran algn da en la casa seorial, seran cocidos hasta quedar negros y los pondran en una fuente de plata.
Terminado el discurso, los viejos se metieron en sus casas, de las cuales no volvieron ya a salir; se durmieron definitivamente. La joven pareja rein en el bosque y tuvo una numerosa descendencia; pero nadie los coci ni los puso en una fuente de plata, de lo cual dedujeron que la mansin seorial se haba hundido y que en el mundo se haba extinguido el gnero humano; y como nadie los contradijo, la cosa deba de ser verdad. La lluvia caa slo para ellos sobre las hojas de lampazo, con su rampatapln, y el sol brillaba nicamente para alumbrarles el bosque y fueron muy felices. Toda la familia fue muy feliz, de veras.

