







Hans Christian Andersen

Una historia


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En el jardn florecan todos los manzanos; se haban apresurado a echar flores antes de tener hojas verdes; todos los patitos estaban en la era, y el gato con ellos, relamindose el resplandor del sol, relamindoselo de su propia pata. Y si uno diriga la mirada a los campos, vea lucir el trigo con un verde precioso, y todo era trinar y piar de mil pajarillos, como si se celebrase una gran fiesta; y de verdad lo era, pues haba llegado el domingo. Tocaban las campanas, y las gentes, vestidas con sus mejores prendas, se encaminaban a la iglesia, tan orondas y satisfechas. S, en todo se reflejaba la alegra; era un da tan tibio y tan magnfico, que bien poda decirse:
- Verdaderamente, Dios Nuestro Seor es de una bondad infinita para con sus criaturas.
En el interior de la iglesia, el pastor, desde el plpito, hablaba, sin embargo, con voz muy recia y airada; se lamentaba de que todos los hombres fueran unos descredos y los amenazaba con el castigo divino, pues cuando los malos mueren, van al infierno, a quemarse eternamente; y deca adems que su gusano no morira, ni su fuego se apagara nunca, y que jams encontraran la paz y el reposo. Daba pavor orlo, y se expresaba, adems, con tanta conviccin...! Describa a los feligreses el infierno como una cueva apestosa, donde confluye toda la inmundicia del mundo; all no hay ms aire que el de la llama ardiente del azufre, ni suelo tampoco: todos se hundiran continuamente, en eterno silencio. Era horrible or todo aquello, pero el prroco lo deca con toda su alma, y todos los presentes se sentan sobrecogidos de espanto. Y, sin embargo, all fuera los pajarillos cantaban tan alegres, y el sol enviaba su calor, y cada florecilla pareca decir: Dios es infinitamente bueno para todos nosotros. S, all fuera las cosas eran muy distintas de como las pintaba el prroco.
Al anochecer, a la hora de acostarse, el pastor observ que su esposa permaneca callada y pensativa.
- Qu te pasa? -le pregunt.
- Me pasa... -respondi ella-, pues me pasa que no puedo concretar mis pensamientos, que no comprendo bien lo que dijiste, que haya tantas personas impas y que han de ser condenadas al fuego eterno. Eterno...! Ay, qu largo es esto! Yo no soy sino una pobre pecadora, y, sin embargo, no tendra valor para condenar al fuego eterno ni siquiera al ms perverso de los pecadores. Cmo podra, pues, hacerlo Dios Nuestro Seor, que es infinitamente bueno y sabe que el mal viene de fuera y de dentro! No, no puedo creerlo, por ms que t lo digas.
Haba llegado el otoo, y las hojas caan de los rboles; el grave y severo prroco estaba sentado a la cabecera de una moribunda: un alma creyente y piadosa iba a cerrar los ojos; era su propia esposa.
- ...Si alguien merece descanso en la tumba y gracia ante Dios, sa eres t -dijo el pastor. Le cruz las manos sobre el pecho y rez una oracin para la difunta.
La mujer fue conducida a su sepultura. Dos gruesas lgrimas rodaron por las mejillas de aquel hombre grave. En la casa parroquial reinaban el silencio y la soledad: el sol del hogar se haba apagado; ella se haba ido.
Era de noche; un viento fro azot la cabeza del clrigo. Abri los ojos y le pareci como si la luna brillara en el cuarto, y, sin embargo, no era as. Pero junto a su cama estaba de pie una figura humana: el espritu de su esposa difunta, que lo miraba con expresin afligida, como si quisiera decirle algo.
El prroco se incorpor en el lecho y extendi hacia ella los brazos:
- Tampoco t gozas del eterno descanso? Es posible que sufras, t, la mejor y la ms piadosa?
La muerta baj la cabeza en signo afirmativo y se puso la mano en el pecho.
- Podra yo procurarte el reposo en la sepultura? 
- Si -lleg a sus odos.
- De qu manera?
- Dame un cabello, un solo cabello de la cabeza de un pecador cuyo fuego jams haya de extinguirse, de un pecador a quien Dios haya de condenar a las penas eternas del infierno.
- Oh, ser fcil salvarte, mujer pura y piadosa! -exclam l. 
- Sgueme, pues! -contest la muerta-. As nos ha sido concedido. Volars a mi lado all donde quiera llevarte tu pensamiento; invisibles a los hombres, penetraremos en sus rincones ms secretos, pero debers sealarme con mano segura al condenado a las penas eternas, y tendrs que haberlo encontrado antes de que cante el gallo.
En un instante, como llevados por el pensamiento, estuvieron en la gran ciudad, y en las paredes de las casas vieron escritas en letras de fuego los nombres de los pecados mortales: orgullo, avaricia, embriaguez, lujuria, en resumen, el iris de siete colores de las culpas capitales.
- S, ah dentro, como ya pensaba y saba -dijo el prroco moran los destinados al fuego eterno -. Y se encontraron frente a un portal magnficamente iluminado, de anchas escaleras adornadas con alfombras y flores; y de los bulliciosos salones llegaban los sones de msica de baile. El portero luca librea de seda y terciopelo y empuaba un bastn con incrustaciones de plata.
- Nuestro baile compite con los del Palacio Real! - dijo, dirigindose a la muchedumbre estacionada en la calle. En su rostro y en su porte entero se reflejaba un solo pensamiento: Pobre gentuza que miris desde fuera, para m todos sois canalla despreciable!.
- Orgullo! -dijo la muerta-. Lo ves?
- Ese? -contest el prroco-. Pero se no es ms que un loco, un necio; cmo ha de ser condenado a las penas eternas? 
- No ms que un loco! -reson por toda la casa del orgullo. Todos en ella lo eran.
Entraron volando al interior de las cuatro paredes desnudas del avariento. Esculido como un esqueleto, tiritando de fro, hambriento y sediento, el viejo se aferraba al dinero con toda su alma. Lo vieron saltar de su msero lecho, como presa de la fiebre, y apartar una piedra suelta de la pared. All haba monedas de oro metidas en un viejo calcetn. Lo vieron cmo palpaba su chaqueta androjosa, donde tena cosidas ms monedas, y sus dedos hmedos temblaban.
- Est enfermo! Es puro desvaro, una triste demencia envuelta en angustia y pesadillas.
Se alejaron rpidamente, y muy pronto se encontraron en el dormitorio de la crcel, donde, en una larga hilera de camastros, dorman los reclusos. Uno de ellos despert, y, como un animal salvaje, lanz un grito horrible, dando con el codo huesudo en el costado del compaero, el cual, volvindose, exclam medio dormido:
- Cllate la boca, so bruto, y duerme! Todas las noches haces lo mismo!
- Todas las noches! -repiti el otro- ...S, todas las noches se presenta y lanza alaridos y me atormenta! En un momento de ira hice tal y cual cosa; nac con malos instintos, y ellos me han llevado aqu por segunda vez; pero obr mal y sufro mi merecido. Una sola cosa no he confesado. Cuando sal de aqu la ltima vez, al pasar por delante de la finca de mi antiguo amo, se encendi en m el odio. Frot un fsforo contra la pared, el fuego prendi en el tejado de paja y las llamas lo devoraron todo. Me pas el arrebato, como suele ocurrirme, y ayud a salvar el ganado y los enseres. Ningn ser vivo muri abrasado, excepto una bandada de palomas que cayeron al fuego, y el perro mastn, en el que no haba pensado. Se le oa aullar entre las llamas... y sus aullidos siguen lastimndome los odos cuando me echo a dormir; y cuando ya duermo, viene el perro, enorme e hirsuto, y se echa sobre m aullando y oprimindome, atormentndome... Escucha lo que te cuento, pues! T puedes roncar, roncar toda la noche, mientras yo no puedo dormir un cuarto de hora -. Y en un arrebato de furor, pego a su campanero un puetazo en la cara.
- Ese Mads se ha vuelto loco otra vez! -gritaron en torno; los dems presos se lanzaron contra l, y, tras dura lucha, le doblaron el cuerpo hasta meterle la cabeza entre las piernas, atndolo luego tan reciamente, que la sangre casi le brotaba de los ojos y de todos los poros.
- Vais a matarlo, infeliz! -grit el prroco, y al extender su mano protectora hacia aquel pecador que tanto sufra, cambi bruscamente la escena.
Volaron a travs de ricos salones y de modestos cuartos; la lujuria, la envidia y todos los dems pecados capitales desfilaron ante ellos; un ngel del divino tribunal daba lectura a sus culpas y a su defensa; cierto que ello contaba poco ante Dios, pues Dios lee en los corazones, lo sabe todo, lo malo que viene de dentro y de fuera; l, que es la misma gracia y el amor mismo. La mano del pastor temblaba, no se atreva a alargarla para arrancar un cabello de la cabeza de un pecador. Y las lgrimas manaban de sus ojos como el agua de la gracia y del amor, que extinguen el fuego eterno del infierno.
En esto cant el gallo.
- Dios misericordioso! Concdele paz en la tumba, la paz que yo no pude darle!
- Gozo de ella, ya! -exclam la muerta-. Lo que me ha hecho venir a ti han sido tus palabras duras, tu sombra fe en Dios y en sus criaturas. Aprende a conocer a los hombres! Aun en los malos palpita una parte de Dios, una parte que apagar y vencer las llamas de infierno.
El sacerdote sinti un beso en sus labios; haba luz a su alrededor: el sol radiante de Nuestro Seor entraba en la habitacin, donde su esposa, dulce y amorosa, acababa de despertarlo de un sueo que Dios le haba enviado.

