




Hans Christian Andersen

La llave de la casa



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Todas las llaves tienen su historia, y hay tantas! Llaves de gentilhombre, llaves de reloj, las llaves de San Pedro... Podramos contar cosas de todas, pero nos limitaremos a hacerlo de la llave de la casa del seor Consejero.
Aunque sali de una cerrajera, cualquiera hubiese credo que haba venido de una orfebrera, segn estaba de limada y trabajada. Siendo demasiado voluminosa para el bolsillo del pantaln, haba que llevarla en la de la chaqueta, donde estaba a oscuras, aunque tambin tena su puesto fijo en la pared, al lado de la silueta del Consejero cuando nio, que pareca una albndiga de asado de ternera.
Dcese que cada persona tiene en su carcter y conducta algo del signo del zodaco bajo el cual naci: Toro, Virgen, Escorpin, o el nombre que se le d en el calendario. Pero la seora Consejera afirmaba que su marido no haba nacido bajo ninguno de estos signos, sino bajo el de la carretilla, pues siempre haba que estar empujndolo.
Su padre lo empuj a un despacho, su madre lo empuj al matrimonio, y su esposa lo condujo a empujones hasta su cargo de Consejero de cmara, aunque se guard muy bien de decirlo; era una mujer cabal y discreta, que saba callar a tiempo y hablar y empujar en el momento oportuno.
El hombre era ya entrado en aos, bien proporcionado, segn deca l mismo, hombre de erudicin, buen corazn y con inteligencia de llave, trmino que aclararemos ms adelante. Siempre estaba de buen humor, apreciaba a todos sus semejantes y gustaba de hablar con ellos. Cuando iba a la ciudad, costaba Dios y ayuda hacerle volver a casa, a menos que su seora estuviese presente para empujarlo. Tena que pararse a hablar con cada conocido que encontraba; y sus conocidos no eran pocos, por lo que siempre se enfriaba la comida.
La seora Consejera lo vigilaba desde la ventana.
- Ah llega! -deca la criada-. Pon la sopa. Vamos! Ahora se ha detenido a charlar con uno. Saca el puchero del fuego, que cocer demasiado! ahora viene! Vuelve la olla al fuego! -. Pero no llegaba.
A veces ya estaba debajo mismo de la ventana y haba saludado a su mujer con un gesto de la cabeza; pero acertaba a pasar un conocido y no poda dejar de dirigirle unas palabras. Y si luego sobrevena un tercero, sujetaba al anterior por el ojal, y al segundo lo coga de la mano, al propio tiempo que llamaba a otro que trataba de escabullirse.
Era para poner a prueba la paciencia de la Consejera.
- Consejero, consejero! -exclamaba-. Ay! Este hombre naci bajo el signo de la carretilla; no se mueve del sitio, como no le empujen.
Era muy aficionado a entrar en las libreras y ojear libros y revistas. Pagaba un pequeo honorario a su librero a cambio de poderse llevar a casa los libros de nueva publicacin. Se le permita cortar las hojas en sentido longitudinal, mas no en el transversal, pues no hubieran podido venderse como nuevos. Era, en todos los aspectos, un peridico viviente, pues estaba enterado de noviazgos, bodas, entierros, crticas literarias y comadreras ciudadanas, y sola hacer misteriosas alusiones a cosas que todo el mundo ignoraba. Las saba por la llave de la casa.
Desde sus tiempos de recin casados, los Consejeros vivan en casa propia, y desde entonces tenan la misma llave. Lo que no conocan an eran sus maravillosas virtudes; stas no las descubrieron hasta ms tarde.
Reinaba a la sazn Federico VI. En Copenhague no haba an ni gas ni faroles de aceite, como no existan tampoco el Tivoli ni el Casino, ni tranvas, ni ferrocarriles. Haba pocas diversiones, en comparacin con las de hoy.
Los domingos era costumbre dar un paseo hasta la puerta del cementerio. All, la gente lea las inscripciones funerarias, se sentaba en la hierba, merendaba y echaba un traguito. O bien se llegaba hasta Friedrichsberg, a escuchar la banda militar que tocaba frente a palacio, y donde se congregaba mucho pblico para ver a la familia real remando en los estrechos canales, con el Rey al timn y la Reina saludando desde la barca a todos los ciudadanos sin distincin de clases. Las familias acomodadas de la capital iban all a tomar el t vespertino. En una casita de campo situada delante del parque les suministraban agua hirviendo, pero la tetera deban trarsela ellos.
All se dirigieron los Consejeros una soleada tarde de domingo; la criada los preceda con la tetera, un cesto con la comida y la botella de aguardiente de Spendrup.
- Coge la llave de la calle -dijo la Consejera-, no sea que a la vuelta no podamos entrar en casa. Ya sabes que cierran al oscurecer, y que esta maana se rompi el cordn de la campanilla. Volveremos tarde. A la vuelta de Frederichsberg tenemos que ir a Vesterbro, a ver la pantomima de Arlequn en el teatro Casortis. Los personajes bajan en una nube. Cuesta dos marcos la entrada.
Y fueron a Frederichsberg, oyeron la msica, vieron la lancha real con la bandera ondeante, y vieron tambin al anciano monarca y los cisnes blancos. Despus de una buena merienda se dirigieron al teatro, pero llegaron tarde. 
Los nmeros de baile haban terminado, y empezado la pantomima. Como de costumbre, llegaron tarde por culpa del Consejero, que se haba detenido cincuenta veces en el camino a charlar con un conocido y otro. En el teatro encontrse tambin con buenos amigos, y cuando termin la funcin hubo que acompaar a una familia al puente a tomar un vaso de ponche; era inexcusable, y slo tardaran diez minutos; pero estos diez minutos se convirtieron en una hora; la charla era inagotable. De particular inters result un barn sueco, o tal vez alemn, el Consejero no lo saba a punto fijo; en cambio, retuvo muy bien el truco de la llave que aqul le ense, y que ya nunca ms olvidara. Fue la mar de interesante! Consista en obligar a la llave a responder a cuanto se le preguntara, aun lo ms recndito.
La llave del Consejero se prestaba de modo particular a la experiencia, pues tena el paletn pesado. El barn pasaba el ndice por ,el ojo de la llave y dejaba a sta colgando; cada pulsacin de la punta del dedo la pona en movimiento, hacindole dar un giro, y si no lo haca, el barn se las apaaba para hacerle dar vueltas disimuladamente a su voluntad.
Cada giro era una letra, empezando desde la A y llegando hasta la que se quisiera, segn el orden alfabtico. Una vez obtenida la primera letra, la llave giraba en sentido opuesto; buscbase entonces la letra siguiente, y as hasta obtener, con palabras y frases enteras, la respuesta a la pregunta. Todo era pura charlatanera, pero resultaba divertido. Este fue el primer pensamiento del Consejero, pero luego se dej sugestionar por el juego.
- Vamos, vamos! -exclam, al fin, la Consejera-. A las doce cierran la puerta de Poniente. No llegaremos a tiempo, slo nos queda un cuarto de hora. Ya podemos correr!
Tenan que darse prisa. Varias personas que se dirigan a la ciudad se les adelantaron. Finalmente, cuando estaban ya muy cerca de la caseta del vigilante, dieron las doce y se cerr la puerta, dejando a mucha gente fuera, entre ella a los Consejeros con la criada, la tetera y la canasta vaca. Algunos estaban asustados, otros indignados, cada cual se lo tomaba a su manera. Qu hacer?
Por fortuna, desde haca algn tiempo se haba dado orden de dejar abierta una de las puertas: la del Norte. Por ella podan entrar los peatones en la ciudad, atravesando la caseta del guarda.
El camino no era corto, pero la noche era hermosa, con un cielo sereno y estrellado, cruzado de vez en cuando por estrellas fugaces. Croaban las ranas en los fosos y en el pantano. La gente iba cantando, una cancin tras otra, pero el Consejero no cantaba ni miraba las estrellas, y como tampoco miraba donde pona los pies, se cay, cuan largo era, sobre el borde del foso. Cualquiera habra dicho que haba bebido demasiado, mas lo que se le haba subido a la cabeza no era el ponche, sino la llave.
Finalmente, llegaron a la puerta Norte, y por la caseta del guarda entraron en la ciudad.
- Ahora ya estoy tranquila! -dijo la Consejera-. Estamos en la puerta de casa.
- Pero, dnde est la llave? -exclam el Consejero. No la tena ni en el bolsillo trasero ni el lateral.
- Dios nos ampare! -dijo la Consejera-. No tienes la llave? La habrs perdido en tus juegos de manos con el barn. Cmo entraremos ahora? El cordn de la campanilla se rompi esta maana, como sabes, y el vigilante no tiene llave de la casa. Es para desesperarse!
La criada se puso a chillar. El Consejero era el nico que no perda la calma.
- Hay que romper un vidrio de la droguera -dijo-. Despertaremos al tendero y entraremos por su tienda. Me parece que ser lo mejor.
Rompi un cristal, rompi otro, y gritando: Petersen!, meti por el hueco el mango del paraguas. Del interior lleg la voz de la hija del droguero, el cual abri la puerta de la tienda, gritando: Vigilante!, y antes de que hubiese tenido tiempo de ver y reconocer a la familia consejeril y de abrirle la puerta, silb el vigilante, y de la calle contigua le respondi su compaero con otro silbido. Empez a asomarse gente a las ventanas:
- Dnde est el fuego? Qu es ese ruido? -se preguntaban mutuamente, y seguan preguntndoselo todava cuando ya el Consejero estaba en su piso, se quitaba la chaqueta y... apareca la llave; no en el bolsillo, sino en el forro; se haba metido por un agujero que, desde luego, no debiera de estar all.
Desde aquella noche, la llave de la calle adquiri una particular importancia, no slo cuando se sala, sino tambin cuando la familia se quedaba en casa, pues el Consejero, en una exhibicin de sus habilidades, formulaba preguntas a la llave y reciba sus respuestas. Pensaba l antes la respuesta ms verosmil y la haca dar a la llave. Al fin, l mismo acab por creer en las contestaciones, muy al contrario del boticario, un joven prximo pariente de la Consejera.
Dicho boticario era una buena cabeza, lo que podramos llamar una cabeza analtica. Ya de nio haba escrito crticas sobre libros y obras de teatro, aunque guardando el anonimato, como hacen tantos. No crea en absoluto en los espritus, y mucho menos en los de las llaves.
- Ver usted, respetado seor Consejero -deca-: creo en la llave y en los espritus de las llaves en general, tan firmemente como en esta nueva ciencia que empieza a difundirse, en el velador giratorio y en los espritus de los muebles viejos y nuevos. Ha odo, hablar de ello? Yo s. He dudado, sabe usted?, pues soy algo escptico; pero me convert al leer una horripilante historia en una prestigiosa revista extranjera. Imagnese seor Consejero! Voy a relatrselo todo, tal como lo le. Dos muchachos muy listos vieron cmo sus padres evocaban el espritu de una gran mesa del comedor. Estaban solos e intentaron infundir vida a una vieja cmoda, imitando a sus padres. Y, en efecto, brot la vida, despertse el espritu, pero no toleraba rdenes dadas por nios. Levantse con tanta furia, que todo la cmoda cruja; abri todos los cajones, y con las patas -las patas de la cmoda- meti a un chiquillo en cada cajn, echando luego a correr con ellos escaleras abajo y por la calle, hasta el canal, en el que se precipit; los pequeos murieron ahogados. Los cadveres recibieron sepultura en tierra cristiana, pero la cmoda fue conducida ante el tribunal, acusada de infanticidio y condenada a ser quemada viva en la plaza pblica. As lo he ledo! - dijo el boticario -. Lo he ledo en una revista extranjera, conste que no me lo he inventado. Que la llave me lleve, si no digo verdad! Lo juro por ella!
El Consejero consider que se trataba de una broma demasiado grosera. Jams los dos pudieron ponerse de acuerdo en materia de llaves; el boticario era cerrado a ellas.
