

Hans Christian Andersen

Los cisnes salvajes



**************



Lejos de nuestras tierras, all adonde van las golondrinas cuando el invierno llega a nosotros, viva un rey que tena once hijos y una hija llamada Elisa. Los once hermanos eran prncipes; llevaban una estrella en el pecho y sable al cinto para ir a la escuela; escriban con pizarrn de diamante sobre pizarras de oro, y aprendan de memoria con la misma facilidad con que lean; en seguida se notaba que eran prncipes. Elisa, la hermana, se sentaba en un escabel de reluciente cristal, y tena un libro de estampas que haba costado lo que vala la mitad del reino.
Qu bien lo pasaban aquellos nios! Lstima que aquella felicidad no pudiese durar siempre.
Su padre, Rey de todo el pas, cas con una reina perversa, que odiaba a los pobres nios. Ya al primer da pudieron ellos darse cuenta. Fue el caso, que haba gran gala en todo el palacio, y los pequeos jugaron a visitas; pero en vez de recibir pasteles y manzanas asadas como se suele en tales ocasiones, la nueva Reina no les dio ms que arena en una taza de t, dicindoles que imaginaran que era otra cosa.
A la semana siguiente mand a Elisa al campo, a vivir con unos labradores, y antes de mucho tiempo le haba ya dicho al Rey tantas cosas malas de los prncipes, que ste acab por desentenderse de ellos.
- A volar por el mundo y apaaros por vuestra cuenta! -exclam un da la perversa mujer-; a volar como grandes aves sin voz!-. Pero no pudo llegar al extremo de maldad que habra querido; los nios se transformaron en once hermossimos cisnes salvajes. Con un extrao grito emprendieron el vuelo por las ventanas de palacio, y, cruzando el parque, desaparecieron en el bosque.
Era an de madrugada cuando pasaron por el lugar donde su hermana Elisa yaca dormida en el cuarto de los campesinos; y aunque describieron varios crculos sobre el tejado, estiraron los largos cuellos y estuvieron aleteando vigorosamente, nadie los oy ni los vio. Hubieron de proseguir, remontndose basta las nubes, por esos mundos de Dios, y se dirigieron hacia un gran bosque tenebroso que se extenda hasta la misma orilla del mar.
La pobre Elisita segua en el cuarto de los labradores jugando con una hoja verde, nico juguete que posea. Abriendo en ella un agujero, mir el sol a su travs y parecile como si viera los ojos lmpidos de sus hermanos; y cada vez que los rayos del sol le daban en la cara, crea sentir el calor de sus besos.
Pasaban los das, montonos e iguales. Cuando el viento soplaba por entre los grandes setos de rosales plantados delante de la casa, susurraba a las rosas: 
- Qu puede haber ms hermoso que vosotras? -. Pero las rosas meneaban la cabeza y respondan: - Elisa es ms hermosa -. Cuando la vieja de la casa, sentada los domingos en el umbral, lea su devocionario, el viento le volva las hojas, y preguntaba al libro: - Quin puede ser ms piadoso que t? - Elisa es ms piadosa -replicaba el devocionario; y lo que decan las rosas y el libro era la pura verdad. Porque aquel libro no poda mentir.
Haban convenido en que la nia regresara a palacio cuando cumpliese los quince aos; pero al ver la Reina lo hermosa que era, sinti rencor y odio, y la habra transformado en cisne, como a sus hermanos; sin embargo, no se atrevi a hacerlo en seguida, porque el Rey quera ver a su hija.
Por la maana, muy temprano, fue la Reina al cuarto de baile, que era todo l de mrmol y estaba adornado con esplndidos almohadones y cortinajes, y, cogiendo tres sapos, los bes y dijo al primero:
- Sbete sobre la cabeza de Elisa cuando est en el bao, para que se vuelva estpida como t. Ponte sobre su frente -dijo al segundo-, para que se vuelva como t de fea, y su padre no la reconozca -. Y al tercero: - Sintate sobre su corazn e infndele malos sentimientos, para que sufra -. Ech luego los sapos al agua clara, que inmediatamente se ti de verde, y, llamando a Elisa, la desnud, mandndole entrar en el bao; y al hacerlo, uno de los sapos se le puso en la cabeza, el otro en la frente y el tercero en el pecho, sin que la nia pareciera notario; y en cuanto se incorpor, tres rojas flores de adormidera aparecieron flotando en el agua. Aquellos animales eran ponzoosos y haban sido besados por la bruja; de lo contrario, se habran transformado en rosas encarnadas. Sin embargo, se convirtieron en flores, por el solo hecho de haber estado sobre la cabeza y sobre el corazn de la princesa, la cual era, demasiado buena e inocente para que los hechizos tuviesen accin sobre ella.
Al verlo la malvada Reina, frotla con jugo de nuez, de modo que su cuerpo adquiri un tinte pardo negruzco; untle luego la cara con una pomada apestosa y le desgre el cabello. Era imposible reconocer a la hermosa Elisa.
Por eso se asust su padre al verla, y dijo que no era su hija. Nadie la reconoci, excepto el perro mastn y las golondrinas; pero eran pobres animales cuya opinin no contaba.
La pobre Elisa rompi a llorar, pensando en sus once hermanos ausentes. Sali, angustiada, de palacio, y durante todo el da estuvo vagando por campos y eriales, adentrndose en el bosque inmenso. No saba adnde dirigirse, pero se senta acongojada y anhelante de encontrar a sus hermanos, que a buen seguro andaran tambin vagando por el amplio mundo. Hizo el propsito de buscarlos.
Llevaba poco rato en el bosque, cuando se hizo de noche; la doncella haba perdido el camino. Tendise sobre el blando musgo, y, rezadas sus oraciones vespertinas, reclin la cabeza sobre un tronco de rbol. Reinaba un silencio absoluto, el aire estaba tibio, y en la hierba y el musgo que la rodeaban lucan las verdes lucecitas de centenares de lucirnagas, cuando tocaba con la mano una de las ramas, los insectos luminosos caan al suelo como estrellas fugaces.
Toda la noche estuvo soando en sus hermanos. De nuevo los vea de nios, jugando, escribiendo en la pizarra de oro con pizarrn de diamante y contemplando el maravilloso libro de estampas que haba costado medio reino; pero no escriban en el tablero, como antes, ceros y rasgos, sino las osadsimas gestas que haban realizado y todas las cosas que haban visto y vivido; y en el libro todo cobraba vida, los pjaros cantaban, y las personas salan de las pginas y hablaban con Elisa y sus hermanos; pero cuando volva la hoja saltaban de nuevo al interior, para que no se produjesen confusiones en el texto.
Cuando despert, el sol estaba ya alto sobre el horizonte. Elisa no poda verlo, pues los altos rboles formaban un techo de espesas ramas; pero los rayos jugueteaban all fuera como un ondeante velo de oro. El campo esparca sus aromas, y las avecillas venan a posarse casi en sus hombros; oa el chapoteo del agua, pues fluan en aquellos alrededores muchas y caudalosas fuentes, que iban a desaguar en un lago de lmpido fondo arenoso. Haba, si, matorrales muy espesos, pero en un punto los ciervos haban hecho una ancha abertura, y por ella baj Elisa al agua. Era sta tan cristalina, que, de no haber agitado el viento las ramas y matas, la muchacha habra podido pensar que estaban pintadas en el suelo; tal era la claridad con que se reflejaba cada hoja, tanto las baadas por el sol como las que se hallaban en la sombra.
Al ver su propio rostro tuvo un gran sobresalto, tan negro y feo era; pero en cuanto se hubo frotado los ojos y la frente con la mano mojada, volvi a brillar su blanqusima piel. Se desnud y metise en el agua pura; en el mundo entero no se habra encontrado una princesa tan hermosa como ella.
Vestida ya de nuevo y trenzado el largo cabello, se dirigi a la fuente borboteante, bebi del hueco de la mano y prosigui su marcha por el bosque, a la ventura, sin saber adnde. Pensaba en sus hermanos y en Dios misericordioso, que seguramente no la abandonara: El haca crecer las manzanas silvestres para alimentar a los hambrientos; y la gui hasta uno de aquellos rboles, cuyas ramas se doblaban bajo el peso del fruto. Comi de l, y, despus de colocar apoyos para las ramas, adentrse en la parte ms oscura de la selva. Reinaba all un silencio tan profundo, que la muchacha oa el rumor de sus propios pasos y el de las hojas secas, que se doblaban bajo sus pies. No se vea ni un pjaro: ni un rayo de sol se filtraba por entre las corpulentas y densas ramas de los rboles, cuyos altos troncos estaban tan cerca unos de otros, que, al mirar la doncella a lo alto, parecale verse rodeada por un enrejado de vigas. Era una soledad como nunca haba conocido.
La noche siguiente fue muy oscura; ni una diminuta lucirnaga brillaba en el musgo. Ella se ech, triste, a dormir, y entonces tuvo la impresin de que se apartaban las ramas extendidas encima de su cabeza y que Dios Nuestro Seor la miraba con ojos bondadosos, mientras unos angelitos le rodeaban y asomaban por entre sus brazos.
Al despertarse por la maana, no saba si haba soado o si todo aquello haba sido realidad.
Anduvo unos pasos y se encontr con una vieja que llevaba bayas en una cesta. La mujer le dio unas cuantas, y Elisa le pregunt si por casualidad haba visto a los once prncipes cabalgando por el bosque. - No -respondi la vieja-, pero ayer vi once cisnes, con coronas de oro en la cabeza, que iban ro abajo.
Acompa a Elisa un trecho, hasta una ladera a cuyo pie serpenteaba un riachuelo. Los rboles de sus orillas extendan sus largas y frondosas ramas al encuentro unas de otras, y all donde no se alcanzaban por su crecimiento natural, las races salan al exterior y formaban un entretejido por encima del agua.
Elisa dijo adis a la vieja y sigui por la margen del ro, hasta el punto en que ste se verta en el gran mar abierto.
Frente a la doncella se extenda el soberbio ocano, pero en l no se divisaba ni una vela, ni un bote. Cmo seguir adelante? Consider las innmeras piedrecitas de la playa, redondeadas y pulimentadas por el agua. Cristal, hierro, piedra, todo lo acumulado all haba sido moldeado por el agua, a pesar de ser sta mucho ms blanda que su mano. La ola se mueve incesantemente y as alisa las cosas duras; pues yo ser tan incansable como ella. Gracias por vuestra leccin, olas claras y saltarinas; algn da, me lo dice el corazn, me llevaris al lado de mis hermanos queridos.
Entre las algas arrojadas por el mar a la playa yacan once blancas plumas de cisne, que la nia recogi, haciendo un haz con ellas. Estaban cuajadas de gotitas de agua, roco o lgrimas, quin sabe?. Se hallaba sola en la orilla, pero no senta la soledad, pues el mar cambiaba constantemente; en unas horas se transformaba ms veces que los lagos en todo un ao. Si avanzaba una gran nube negra, el mar pareca decir: Ved, qu tenebroso puedo ponerme!. Luego soplaba viento, y las olas volvan al exterior su parte blanca. Pero si las nubes eran de color rojo y los vientos dorman, el mar poda compararse con un ptalo de rosa; era ya verde, ya blanco, aunque por mucha calma que en l reinara, en la orilla siempre se perciba un leve movimiento; el agua se levantaba dbilmente, como el pecho de un nio dormido.
A la hora del ocaso, Elisa vio que se acercaban volando once cisnes salvajes coronados de oro; iban alineados, uno tras otro, formando una larga cinta blanca. Elisa remont la ladera y se escondi detrs de un matorral; los cisnes se posaron muy cerca de ella, agitando las grandes alas blancas.

