


Hans Christian Andersen

Las cigeas



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Sobre el tejado de la casa ms apartada de una aldea haba un nido de cigeas. La cigea madre estaba posada en l, junto a sus cuatro polluelos, que asomaban las cabezas con sus piquitos negros, pues no se haban teido an de rojo. A poca distancia, sobre el vrtice del tejado, permaneca el padre, erguido y tieso; tena una pata recogida, para que no pudieran decir que el montar la guardia no resultaba fatigoso. Se hubiera dicho que era de palo, tal era su inmovilidad. Da un gran tono el que mi mujer tenga una centinela junto al nido -pensaba-. Nadie puede saber que soy su marido. Seguramente pensar todo el mundo que me han puesto aqu de vigilante. Eso da mucha distincin. Y sigui de pie sobre una pata.
Abajo, en la calle, jugaba un grupo de chiquillos, y he aqu que, al darse cuenta de la presencia de las cigeas, el ms atrevido rompi a cantar, acompaado luego por toda la tropa:
Cigea, cigea, vulvete a tu tierra 
ms all del valle y de la alta sierra. 
Tu mujer se est quieta en el nido, 
y todos sus polluelos se han dormido. 
El primero morir colgado, 
el segundo chamuscado; 
al tercero lo derribar el cazador 
y el cuarto ir a parar al asador.
- Escucha lo que cantan los nios! -exclamaron los polluelos-. Cantan que nos van a colgar y a chamuscar.
- No os preocupis -los tranquiliz la madre-. No les hagis caso, dejadlos que canten.
Y los rapaces siguieron cantando a coro, mientras con los dedos sealaban a las cigeas burlndose; slo uno de los muchachos, que se llamaba Perico, dijo que no estaba bien burlarse de aquellos animales, y se neg a tomar parte en el juego. Entretanto, la cigea madre segua tranquilizando a sus pequeos: 
- No os apuris -les deca-, mirad qu tranquilo est vuestro padre, sostenindose sobre una pata.
- Oh, qu miedo tenemos! -exclamaron los pequeos escondiendo la cabecita en el nido.
Al da siguiente los chiquillos acudieron nuevamente a jugar, y, al ver las cigeas, se pusieron a cantar otra vez.
El primero morir colgado,
el segundo chamuscado.
- De veras van a colgarnos y chamuscamos? -preguntaron los polluelos.
- No, claro que no! -dijo la madre-. Aprenderis a volar, pues yo os ensear; luego nos iremos al prado, a visitar a las ranas. Veris como se inclinan ante nosotras en el agua cantando: coax, coax!; y nos las zamparemos. Qu bien vamos a pasarlo!
- Y despus? -preguntaron los pequeos.
- Despus nos reuniremos todas las cigeas de estos contornos y comenzarn los ejercicios de otoo. Hay que saber volar muy bien para entonces; la cosa tiene gran importancia, pues el que no sepa hacerlo como Dios manda, ser muerto a picotazos por el general. As que es cuestin de aplicaros, en cuanto la instruccin empiece.
- Pero despus nos van a ensartar, como decan los chiquillos. Escucha, ya vuelven a cantarlo.
- Es a m a quien debis atender y no a ellos! -regales la madre cigea-. Cuando se hayan terminado los grandes ejercicios de otoo, emprenderemos el vuelo hacia tierras clidas, lejos, muy lejos de aqu, cruzando valles y bosques. Iremos a Egipto, donde hay casas triangulares de piedra terminadas en punta, que se alzan hasta las nubes; se llaman pirmides, y son mucho ms viejas de lo que una cigea puede imaginar. Tambin hay un ro, que se sale del cauce y convierte todo el pas en un cenagal. Entonces, bajaremos al fango y nos hartaremos de ranas.
- Aj! -exclamaron los polluelos.
- S, es magnfico! En todo el da no hace uno sino comer; y mientras nos damos all tan buena vida, en estas tierras no hay una sola hoja en los rboles, y hace tanto fro que hasta las nubes se hielan, se resquebrajan y caen al suelo en pedacitos blancos. Se refera a la nieve, pero no saba explicarse mejor.
- Y tambin esos chiquillos malos se hielan y rompen a pedazos? -, preguntaron los polluelos.
- No, no llegan a romperse, pero poco les falta, y tienen que estarse quietos en el cuarto oscuro; vosotros, en cambio, volaris por aquellas tierras, donde crecen las flores y el sol lo inunda todo.
Transcurri algn tiempo. Los polluelos haban crecido lo suficiente para poder incorporarse en el nido y dominar con la mirada un buen espacio a su alrededor. Y el padre acuda todas las maanas provisto de sabrosas ranas, culebrillas y otras golosinas que encontraba. Eran de ver las exhibiciones con que los obsequiaba! Inclinaba la cabeza hacia atrs, hasta la cola, castaeteaba con el pico cual si fuese una carraca y luego les contaba historias, todas acerca del cenagal.
- Bueno, ha llegado el momento de aprender a volar -dijo un buen da la madre, y los cuatro pollitos hubieron de salir al remate del tejado. Cmo se tambaleaban, cmo se esforzaban en mantener el equilibrio con las alas, y cun a punto estaban de caerse- Fijaos en m! -dijo la madre-. Debis poner la cabeza as, y los pies as: Un, dos, Un, dos! As es como tenis que comportaros en el mundo -. Y se lanz a un breve vuelo, mientras los pequeos pegaban un saltito, con bastante torpeza, y bum!, se cayeron, pues les pesaba mucho el cuerpo.
- No quiero volar! -protest uno de los pequeos, encaramndose de nuevo al nido-. Me es igual no ir a las tierras clidas!
- Prefieres helarte aqu cuando llegue el invierno? Ests conforme con que te cojan esos muchachotes y te cuelguen, te chamusquen y te asen? Bien, pues voy a llamarlos.
- Oh, no! -suplic el polluelo, saltando otra vez al tejado, con los dems.
Al tercer da ya volaban un poquitn, con mucha destreza, y, creyndose capaces de cernerse en el aire y mantenerse en l con las alas inmviles, se lanzaron al espacio; pero s, s...! Pum! empezaron a dar volteretas, y fue cosa de darse prisa a poner de nuevo las alas en movimiento. Y he aqu que otra vez se presentaron los chiquillos en la calle, y otra vez entonaron su cancin:
Cigea, cigea, vulvele a tu tierra!
- Bajemos de una volada y saqumosles los ojos! -exclamaron los pollos- No, dejadlos! -replic la madre-. Fijaos en m, esto es lo importante: -Uno, dos, tres! Un vuelo hacia la derecha. Uno, dos, tres! Ahora hacia la izquierda, en torno a la chimenea. Muy bien, ya vais aprendiendo; el ltimo aleteo, ha salido tan limpio y preciso, que maana os permitir acompaarme al pantano. All conoceris varias familias de cigeas con sus hijos, todas muy simpticas; me gustara que mis pequeos fuesen los ms lindos de toda la concurrencia; quisiera poder sentirme orgullosa de vosotros. Eso hace buen efecto y da un gran prestigio.
- Y no nos vengaremos de esos rapaces endemoniados? -preguntaron los hijos.
- Dejadlos gritar cuanto quieran. Vosotros os remontaris hasta las nubes y estaris en el pas de las pirmides, mientras ellos pasan fro y no tienen ni una hoja verde, ni una manzana.
- S, nos vengaremos -se cuchichearon unos a otros; y reanudaron sus ejercicios de vuelo.
De todos los muchachuelos de la calle, el ms empeado en cantar la cancin de burla, y el que haba empezado con ella, era precisamente un rapaz muy pequeo, que no contara ms all de 6 aos. Las cigeitas, empero, crean que tena lo menos cien, pues era mucho ms corpulento que su madre y su padre. Qu saban ellas de la edad de los nios y de las personas mayores! Este fue el nio que ellas eligieron como objeto de su venganza, por ser el iniciador de la ofensiva burla y llevar siempre la voz cantante. Las jvenes cigeas estaban realmente indignadas, y cuanto ms crecan, menos dispuestas se sentan a sufrirlo. Al fin su madre hubo de prometerles que las dejara vengarse, pero a condicin de que fuese el ltimo da de su permanencia en el pas.
- Antes hemos de ver qu tal os portis en las grandes maniobras; si lo hacis mal y el general os traspasa el pecho de un picotazo, entonces los chiquillos habrn tenido razn, en parte al menos. Hemos de verlo, pues.
- Si, ya vers! -dijeron las cras, redoblando su aplicacin. Se ejercitaban todos los das, y volaban con tal ligereza y primor, que daba gusto.
Y lleg el otoo. Todas las cigeas empezaron a reunirse para emprender juntas el vuelo a las tierras clidas, mientras en la nuestra reina el invierno. Qu de impresionantes maniobras!. Haba que volar por encima de bosques y pueblos, para comprobar la capacidad de vuelo, pues era muy largo el viaje que les esperaba. Los pequeos se portaron tan bien, que obtuvieron un sobresaliente con rana y culebra. Era la nota mejor, y la rana y la culebra podan comrselas; fue un buen bocado.
- Ahora, la venganza! -dijeron.
- S, desde luego! -asinti la madre cigea-. Ya he estado yo pensando en la ms apropiada. S donde se halla el estanque en que yacen todos los nios chiquitines, hasta que las cigeas vamos a buscarlos para llevarlos a los padres. Los lindos pequeuelos duermen all, soando cosas tan bellas como nunca mas volvern a soarlas. Todos los padres suspiran por tener uno de ellos, y todos los nios desean un hermanito o una hermanita. Pues bien, volaremos al estanque y traeremos uno para cada uno de los chiquillos que no cantaron la cancin y se portaron bien con las cigeas.
- Pero, y el que empez con la cancin, aquel mocoso delgaducho y feo -gritaron los pollos-, qu hacemos con l?
- En el estanque yace un niito muerto, que muri mientras soaba. Pues lo llevaremos para l. Tendr que llorar porque le habremos trado un hermanito muerto; en cambio, a aquel otro muchachito bueno - no lo habris olvidado, el que dijo que era pecado burlarse de los animales -, a aqul le llevaremos un hermanito y una hermanita, y como el muchacho se llamaba Pedro, todos vosotros os llamaris tambin Pedro.
Y fue tal como dijo, y todas las cras de las cigeas se llamaron Pedro, y todava siguen llamndose as.

