Italo Calvino
Las Memorias de Casanova
1
Durante toda mi permanencia en ** tuve dos amantes estables: Cate a Ilda. Cate venía a verme todas las mañanas, Ilda por las tardes: por la noche yo haáa vida social y la gente se maravillaba de verme siempre solo. Cate era opulenta, Ilda era delgada; alternándolas yo hacía reverdecer el deseo que tiende tanto a variar como a repetir.
Cuando Cate se marchaba yo escondía todas sus huellas; lo mismo con Ilda; y creo saber que siempre conseguí evitar que la una supiese de la otra, en aquel momento y quizá también después.
Naturalmente a veces sucedía que me equivocaba y decía a una de ellas cosas que sólo tenían sentido dichas a la otra: «Hoy encontré en el florista estas fucsias, tu flor favorita», o bien «No olvides otra vez aquí tu collar”, causando estupores, iras, sospechas. Pero estos equívocos triviales se produjeron, si bien recuerdo, en los comienzos de la doble relación. Muy pronto aprendí a separar completamente una historia de la otra; cada historia tenía su curso, su continuidad de conversación y de costumbres, y nunca interfería en la otra.
Al principio yo creía (era, como se habrá advertido, muy joven, y trataba de acumular experiencia) que el saber amoroso era transmisible de la una a la otra: ambas sabían mucho más que yo y yo pensaba que las artes secretas que aprendía de Ilda podía enseñarlas a Cate y viceversa. Me engañaba: no hacía más que embrollar lo que sólo vale cuando es espontáneo y directo. Cada una era un mundo en sí, más aun, cada una era un cielo donde yo tenía que ubicar posiciones de estrellas y de planetas, órbitas, eclipses, inclinaciones y conjunciones, solsticios y equinoccios. Cada firmamento se movía según un mecanismo diferente y un ...
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