Fernando Santiván
El cuarto de las garras
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I
Llovía. Cuarenta días y cuarenta noches, como en la leyenda bíblica, venía desprendiéndose de aquel cielo de plomo, ceñudo, bajo, aplastante, una catarata de agua, como cernida en colosal harnero, desmenuzada en billones de agujas heladas y pérfidas.
—¡Güen ,dar!... Otra vez no empantanamo con la carreta... ¡Apéese, mejor, iñora!...
Saltó el muchacho por los varales delanteros de su primitivo carro entoldado, y chapoteando en el lodo resbaladizo del camino, quedóse largo rato contemplando, la carreta hundida en la trampa: el hoyo parecía chupar a su víctima como una ventosa. Apoyó el gañanzuelo sus dos manos en la garrocha como en una lanza de guerra, y su rostro prematuramente cerrado y adusto, expresó perplejidad e impotencia. No sentía la lluvia que chorreaba por la campana del sombrero de paño, lamiendo sus delgadas ropas que se pegaban al cuerpo como sábanas húmedas. ¿Qué hacer?
Los bueyes, unos pobres novillos indianos, flacos, no podían más. Sus ijares sangrientos y temblorosos denotaban el cansancio en su límite: estiraban el cuello hacia el barro del camino, con la húmeda y angustiosa mirada de los que van a morir.
Asomó por la parte trasera del toldo la cabeza de una mujer, cubierta de manto negro. Su rostro amarillento, ajado, adivinábase bajo el fúnebre embozo, y fulguraban en la sombra sus negros ojos de fiebre:
—¿Qui hay, Celeonio? ¿Nó podimo salir?
El muchacho se encogió ligeramente de hombros, se quitó el sombrero, y con gesto maquinal, se alisó el cabello negro y cerdoso. No se dignó responder. Un desprecio enorme por la individualidad femenina, común a la mayoría de los montañeses, se vertió sobre su compañera de viaje en un gesto silencioso. Volvió la vista a su alrededor como en busca de auxilio. El camino extendíase solitario y ...
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