El finado Valdés
Mariano Latorre
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-¿No conociste tú antes a Valdés? -No supe que existÃa sino cuando llegué al Ministerio del Interior por encargo de Maldonado Silva a activar los pasajes de la Comisión. Estaba sentado detrás de un escritorio, en una especie de salón de recibo. No se dio cuenta de mi entrada ni yo hablé ante este silencio. La cabeza grande, comida por la calva, se irguió de improviso y vi una cara larga, de tinte de oliva, salpicada de innumerables cicatrices; una cara en forma de pera, muy ancha de arriba y aguzada de abajo.
"-¿Qué se le ofrece? -me dijo. Voz seca, sin timbre, como gastada, lo mismo que los ojos y la cara. Los ojos opacos tenÃan algo de muerto. Por eso debieron llamarlo el Finado Valdés.
"-Vengo a buscar los pasajes para los miembros de la Comisión que el Gobierno manda a las minas de Lota. Debe estar ya tramitado el decreto.
"Dijo únicamente: "¡Ah!", y se sonrió. La sonrisa era hermana de la voz y de la mirada: un subrayado amarillo, tristón, como una mueca.
"Se levantó de su sillón giratorio con un ondulado esguince de la cintura. Era alto, de espaldas curvas y muy flaco. El terno de tela gruesa se le hundÃa en los hombros, en una arruga profunda.
"-Voy a llevar los pasajes al Subsecretario para que los firme -me explicó con amabilidad-. Venga mañana. Los tendrá listos.
"Volvà al dÃa siguiente, y el Finado habÃa despachado el pase libre. Al despedirme me insinuó con pedigüeña quejumbre: "-¿No podrÃa ir yo en la Comisión? -Debió notar cierto embarazo en mi actitud, porque agregó-: ¡FÃjese que nunca he hecho un viaje, ni a ValparaÃso! ¡Y el sur dicen que es tan lindo! "Le dije para librarme de él: "-Habrá que consultarlo ...
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