Leopoldo Alas «Clarín»
La Regenta
TOMO PRIMERO
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Prólogo
Creo que fue Wieland quien dijo que los pensamientos de los hombres
valen más que sus acciones, y las buenas novelas más que el género humano.
Podrá esto no ser verdad; pero es hermoso y consolador. Ciertamente,
parece que nos ennoblecemos trasladándonos de este mundo al otro, de la
realidad en que somos tan malos a la ficción en que valemos más que aquí,
y véase por qué, cuando un cristiano adquiere el hábito de pasar
fácilmente a mejor vida, inventando personas y tejiendo sucesos a imagen
de los de por acá, te cuesta no poco trabajo volver a este mundo. También
digo que si grata es la tarea de fabricar género humano recreándonos en
ver cuánto superan las ideales figurillas, por toscas que sean, a las
vivas figuronas que a nuestro lado bullen, el regocijo es más intenso
cuando visitamos los talleres ajenos, pues el andar siempre en los propios
trae un desasosiego que amengua los placeres de lo que llamaremos
creación, por no tener mejor nombre que darle.
Esto que digo de visitar talleres ajenos no significa precisamente
una labor crítica, que si así fuera yo aborrecería tales visitas en vez de
amarlas; es recrearse en las obras ajenas sabiendo como se hacen o cómo se
intenta su ejecución; es buscar y sorprender las dificultades vencidas,
los aciertos fáciles o alcanzados con poderoso esfuerzo; es buscar y
satisfacer uno de los pocos placeres que hay en la vida, la admiración, a
más de placer, necesidad imperiosa en toda profesión u oficio, pues el
admirar entiendo que es la respiración del arte, y el que no admira corre
peligro de morir de asfixia.
El estado presente de nuestra cultura, incierto y un tanto enfermizo,
con desalientos y suspicacias de enfermo de ...
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