José de Acosta
Predicación del Evangelio en las Indias
Libro IV
CapÃtulo primero
Excelencia del oficio sacerdotal
Aunque en todas ocasiones la palabra de Dios está llena de alabanzas
del oficio sacerdotal, en ninguna parte nos muestra mejor ni más
brevemente su excelencia que cuando el mismo Cristo, fuente de toda
sabidurÃa, habla a sus discÃpulos aún tiernos, y en ellos enseña a toda su
numerosa posteridad diciendo: «Vosotros sois la sal de la tierra, vosotros
sois la luz del mundo»(594), compendiando maravillosamente en estas
palabras toda la fuerza del sacerdocio para alcanzar la virtud y conseguir
la vida eterna. Porque ambas cosas son necesarias para buscar y conseguir
el bien, y si una falta, seremos vencidos, ya porque no se manifiesta, ya
porque no nos atrae deleitando, como lo vió con clara mirada AgustÃn(595):
y ambas a su vez son propias de Dios, que es luz verdadera que ilumina a
todo hombre(596) y contiene en sà la fuente de toda suavidad; y ambas,
finalmente, las comunica él y las infunde copiosamente en sus ministros, a
fin de que ellos entiendan que han de ilustrar la mente de los hombres con
el esplendor de la doctrina, y con el condimento de la vida y las
costumbres han de aliviar el hastÃo de la virtud y aun excitar el hambre
en los corazones que vuelven la cara y hacen ascos del bien. Lo que dice
el proverbio antiguo que nada hay más útil al hombre que el sol y la sal,
se cumple a maravilla en el sacerdocio, que percibe la suavidad de la
doctrina evangélica.
El apóstol Pablo lo tiene en tanto precio, que la gracia que ha
recibido de iluminar a las gentes y predicar las insondables riquezas de
Cristo(597) la muestra como muy más ...
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