UN "MUSIÚ" MÁS
A una tierra-pueblo sin olvido
La Guaira, el más importante puerto venezolano, es un largo patio multicolor del Mar Caribe, con un cielo alto y celeste que maneja caprichosamente, un incansable escenógrafo, alterando, milagrosamente, luz, viento, nubes y el palpitante espejos de aguas rumorosas. También es el cofre donde se guardan antiguas costumbres rituales mezcladas con leyendas de indios y negros que colorean zambos y mestizos de blanco y negra o al revés.
* - Vean, gratuitamente, como una cascabel se enroscará en mi cuello.
El hombre joven, rubio y alto, ancho de espalda y ojos de granítico mirar celeste, tosco de prominente maxilar inferior, de grueso cuello corto, manos grandes, charlatán del Mercado de Macuto, no era americano, ni siquiera del norte.
La morena gente se fue agrupando con lentitud agria: algunos, los más jóvenes, sonreían por instinto, por el "catire" (hombre rubio-blanco): espectáculo en sí, por el llamado de acento raro, por el anuncio de la serpiente o por costumbre.
Actores y espectadores estaban de pie.
En el grupo había de todo lo que se puede encontrar en cien guaireños, excepto blanco adultos.
El charlatán estaba, tal vez sin saberlo o sin darle importancia, en la tierra donde el madrugador canto del gallo negro y viejo anuncia desgracias ciertas (?), donde el baile es un chasquido musical repetitivo que ahuyenta o atrae maleficios, donde un sapo puede ser crucificado con alfileres rojos, donde las patas de conejo y trozos de piel de víbora están en los bolsillos, junto a pequeñas imágenes de santos.
Nunca hubo hombre más solo en Venezuela: su blanquísima piel y su castellano "agringado" tenían que cerrarle toda puerta porque simbolizaba sin quererlo, el contraste, el revés de lo criollo y su negocio era, paradojamente, vender milagrerías y chucherías, a mestizos y moreno ...
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