CORRALES ARIAS ADRIANO
Adriano Corrales Arias
Nació Corrales Arias en 1958: he aquí a un hombre todavía joven, pero con una experiencia, así en la vida como en la literatura, que no permite clasificarlo con facilidad; es que los escritores resisten a la entomología, huyen del alfiler que los clavará en un texto, en las antologías, en las páginas de un ensayo. Tres libros -Tranvía negro, La suerte del andariego y una novela, Los ojos del antifaz, los dos primeros poesía y novela el tercero, todos publicados en Costa Rica entre 1995 y 1999, trazan su ficha bibliográfica. No son pocos tres libros en cuatro años; el hecho de no haber asomado a la vida editorial con anterioridad, por otra parte, habla de un escritor que "quiso estar seguro", muestra de sabiduría que muchos jóvenes harían bien en imitar. Adriano Corrales Arias, empero, trabajaba las letras -y el teatro- desde mucho antes. Y también hacía y hace, desde la ciudad de San Carlos al norte del país, las veces de un promotor cultural infatigable. Primero desde un programa en la televisora local y como director de la revista Fronteras, que publica el Instituto Tecnológico, una de las cuatro instituciones de educación superior de Costa Rica. El editorial escrito por Corrales Arias para el número 10 dice, entre otras cosas, que Fronteras "ha sido una fragua, un campo de aprendizaje inmenso. Hemos aprendido a ubicarnos en una sociedad donde no se perdona que las cosas se hagan bien. Y aunque estamos lejos de haber alcanzado la perfección, muchas personas no nos perdonan la sobrevivencia". Cualquier editor de una revista cultural en México, en Colombia, en Argentina -países que superan con mucho los menos de cuatro millones de habitantes que tiene Costa Rica- podría escribir lo mismo, asumiendo que llegara a un número 10. Más adelante expone "…hemos aprendido que el quehacer cultural, en todos sus campos y disciplinas, debe ser, siempre, un asunto de diálogo, de comunicación, sobre todo en momentos en que la virtualidad amenaza con cerrar espacios a partir del flujo de capitales y los negocios, y la parafernalia comunicativa transnacional toca sus atabales guerreros convocando a una posible hecatombe mundial…". Los ojos del antifaz, concebida por el autor como una sinfonía, fue llevada a la escena en Costa Rica y Ediciones del Leopardo la incorpora a su catálogo en enero de 2003.
Nació Corrales Arias en 1958: he aquí a un hombre todavía joven, pero con una experiencia, así en la vida como en la literatura, que no permite clasificarlo con facilidad; es que los escritores resisten a la entomología, huyen del alfiler que los clavará en un texto, en las antologías, en las páginas de un ensayo. Tres libros -Tranvía negro, La suerte del andariego y una novela, Los ojos del antifaz, los dos primeros poesía y novela el tercero, todos publicados en Costa Rica entre 1995 y 1999, trazan su ficha bibliográfica. No son pocos tres libros en cuatro años; el hecho de no haber asomado a la vida editorial con anterioridad, por otra parte, habla de un escritor que "quiso estar seguro", muestra de sabiduría que muchos jóvenes harían bien en imitar. Adriano Corrales Arias, empero, trabajaba las letras -y el teatro- desde mucho antes. Y también hacía y hace, desde la ciudad de San Carlos al norte del país, las veces de un promotor cultural infatigable. Primero desde un programa en la televisora local y como director de la revista Fronteras, que publica el Instituto Tecnológico, una de las cuatro instituciones de educación superior de Costa Rica. El editorial escrito por Corrales Arias para el número 10 dice, entre otras cosas, que Fronteras "ha sido una fragua, un campo de aprendizaje inmenso. Hemos aprendido a ubicarnos en una sociedad donde no se perdona que las cosas se hagan bien. Y aunque estamos lejos de haber alcanzado la perfección, muchas personas no nos perdonan la sobrevivencia". Cualquier editor de una revista cultural en México, en Colombia, en Argentina -países que superan con mucho los menos de cuatro millones de habitantes que tiene Costa Rica- podría escribir lo mismo, asumiendo que llegara a un número 10. Más adelante expone "…hemos aprendido que el quehacer cultural, en todos sus campos y disciplinas, debe ser, siempre, un asunto de diálogo, de comunicación, sobre todo en momentos en que la virtualidad amenaza con cerrar espacios a partir del flujo de capitales y los negocios, y la parafernalia comunicativa transnacional toca sus atabales guerreros convocando a una posible hecatombe mundial…". Los ojos del antifaz, concebida por el autor como una sinfonía, fue llevada a la escena en Costa Rica y Ediciones del Leopardo la incorpora a su catálogo en enero de 2003.






